martes, 22 de febrero de 2022

Más sobre el mito del Cid en la épica medieval

 Comparto a continuación otro trabajo de reescritura de la historia del Cid a partir del Cantar y el romancero; en este caso, de mi alumno Carlos Ruiz García. Se trata de un texto muy cuidado y detallado en el que apreciamos un recuento de la mayor parte de motivos importantes en la historia de Rodrigo. 



El viejo hidalgo Diego Laínez, padre del Cid, quitó un día una liebre a los galgos del conde Lozano mientras cazaban. En consecuencia, el conde agravió a Diego y este acudió a sus hijos para que lo vengaran por la ofensa cometida contra él, ya que no podía hacerlo por sí mismo a causa de su avanzada edad. Apretó las palmas de las manos a sus cuatro hijos para ver quién tendría la fuerza necesaria para enfrentarse al conde. El indicado fue Rodrigo, que fue en busca del conde Lozano. Al principio, Rodrigo se encontraba dubitativo por su corta edad y por las amistades e influencias del conde, pero prefería suicidarse antes que encarar una deshonra, así que con determinación se encara con el conde Lozano y consigue quitarle la vida, vengando así a su padre. Rodrigo lleva la cabeza del conde a su padre y este se muestra muy orgulloso.

Diego Laínez acude al palacio del rey Fernando en Burgos acompañado de los trescientos hidalgos que formaban su mesnada, entre ellos su hijo Rodrigo. El Cid destaca entre los demás por ser el único que va armado y en actitud hostil. Los cortesanos se muestran temerosos al ver a Rodrigo porque saben de su reciente hazaña. Ante los murmullos de la corte, el Cid adopta una actitud amenazante y reta a quien pretenda reprocharle la muerte del conde Lozano. Diego y su mesnada se muestran diplomáticos y besan la mano del rey como signo de perdón por la muerte del conde, quien era favorito del monarca. El patriarca pide a su hijo Rodrigo hacer lo propio y besarle la mano al rey, recordándole que son vasallos de este. El Cid obedece únicamente porque se lo manda su padre, pero se muestra en actitud soberbia con el rey al desenvainar su espada en el momento de arrodillarse ante él. El rey se espanta y Diego Laínez y sus hidalgos se marchan.

Jimena Gómez, hija del conde Lozano, acude con sus doncellas a ver al rey para pedirle justicia por la muerte de su padre. Narra cómo Rodrigo la atormenta matándole sus palomas, amenazándola con avergonzarla cortándole la falda y con violar a sus doncellas y habiendo matado a uno de sus pajes. El rey expresa su impotencia explicando que, si manda prender al Cid, sus cortes se volverán contra él por lo valioso que resulta Rodrigo para la defensa de su reino. Jimena lo comprende y quiere entonces casarse con Rodrigo para poner fin a la disputa. El rey accede y le manda una carta a Diego Laínez explicando la voluntad de Jimena. El patriarca está dispuesto a casarse él mismo con la doncella para que su hijo no tenga que hacerlo, pero Rodrigo se niega y accede al matrimonio.

Rodrigo acude a la llamada del rey, quien le promete tierras a cambio de casarse con Jimena. Este acepta y los casa el obispo de Palencia en presencia de Laín Calvo, abuelo del Cid. Tras la boda, Rodrigo y Jimena se van a Vivar, donde el Cid deja a Jimena con su madre y promete no volver con ella hasta que no haya vencido a cinco reyes musulmanes que habían invadido Castilla, robando ganado y tomando prisioneros. El Cid va con los suyos y captura a los reyes, llevándolos luego a la prisión de su castillo en Vivar. Esta hazaña le da a Rodrigo fama y reconocimiento.

El Cid va de romería a Santiago con veinte hidalgos. Por el camino, Rodrigo ayuda a un gafo a salir de un tremedal. En agradecimiento, este los llevó a su posada para que comieran y pasaran la noche. Estaban ya durmiendo cuando el gafo resultó ser San Lázaro, que se le aparece a Rodrigo a decirle que Dios está con él y que será temido por todos sus enemigos. A la mañana siguiente, parten para Santiago y de ahí para Calahorra. Esta villa estaba disputada por Fernando, rey de León, y Ramiro, rey de Aragón. Para evitar una guerra, ambos monarcas decidieron hacer una lidia y el rey del caballero que ganase se quedaría con la villa. Fernando elige al Cid y Ramiro a Martín González, quien es vencido por Rodrigo. El monarca leonés se muestra muy contento de tener la villa y abraza al Cid. Jimena se muestra muy triste debido a que su marido se encuentra siempre ocupado con sus actividades militares y no pasa tiempo con ella. El Cid, al ver a su esposa llorando, le jura no volver al campo de batalla.

Unos ejércitos musulmanes se dirigen hacia Extremadura y el Cid acude de inmediato en su caballo Babieca. Los vence y libera a los prisioneros cristianos, les quita el ganado y reparte las ganancias con los suyos, regresando luego a Vivar muy afamado. En otra ocasión, el Cid va a un rey musulmán a pedirle que pague las parias a Castilla. El rey se niega en un principio a pagar, pero al ver la actitud amenazante de Rodrigo accede finalmente.

Estando un día Rodrigo en la corte del rey Fernando en Zamora, llegaron unos mensajeros de reyes musulmanes tributarios a pagar al Cid las parias, además de otros muchos regalos, tales como más de cien caballos, joyas, sedas, etc. Rodrigo se muestra humilde y dice que todo eso pertenece al rey Fernando al ser su vasallo. El monarca agradece la humildad de Rodrigo, que fue conocido como “Cid” desde ese día al ser llamado así por los mensajeros.

El emperador Enrique acude al papa Víctor a quejarse de que el rey Fernando no le paga un tributo. El papa le envía una carta al monarca amenazándole con enviar una cruzada a Castilla de no pagar el tributo, sumándose además otros reyes que estaban en concilio con el papa. Fernando pide consejo al Cid y este le recomienda no pagar el tributo para no perder la honra, ofreciéndose él mismo a defender Castilla ante cualquier amenaza. Al final se produjo una contienda en la que Rodrigo causó estragos con sus habilidades bélicas. Los reyes enemigos de Fernando decidieron retirar su amenaza al darse cuenta de que nadie podía hacer frente al Cid.

El Cid acude a Roma para ver al papa en representación del rey Fernando. Cuando Rodrigo vio que la silla de su rey se encontraba por debajo de la del rey de Francia, derribó la de este último y puso en su lugar la de Fernando. Un duque se queja de la actitud del Cid y este le da un bofetón. En consecuencia, el papa excomulga a Rodrigo por tal ofensa. El Cid se arrodilla entonces ante el pontífice y pide que lo absuelva. Este lo hace con la condición de que se comporte en su corte.

Estando Jimena en Burgos embarazada, manda una carta al rey Fernando para quejarse de que este tiene siempre a su marido ocupado alejado de ella y solo lo ve una vez al año. El monarca le responde recordándole que tienen todo lo que tienen (tierras, bienes, etc.) gracias a la carrera militar del Cid. Señala además que su reino tiene menos enemigos ya que los reyes musulmanes respetan al Cid. Jimena sale a la misa de parida tras dar a luz a su hija. En la puerta de la iglesia se encuentra con el rey Fernando, que la acompañaría de la mano al interior del templo ya que el Cid se encontraba luchando. Promete además el monarca una dote de mil maravedís para la primogénita del Cid.

Estando el rey Fernando cercano a la muerte, reparte sus dominios entre sus herederos. A Sancho le deja Castilla, a Alfonso le deja León y a García le deja Galicia. La infanta Urraca se queja a su padre de no haberle dejado nada por ser mujer. Fernando recapacita y le deja a su hija Zamora, plaza de gran importancia estratégica. Tras morir Fernando, Sancho y García se enzarzan en una lucha por los reinos. Sancho es prendido y el caballero Álvar Fáñez aparece y lo libera, derrotando a sus captores. El Cid aparece con refuerzos y se inicia otra batalla contra el bando de García, que fue vencido y encerrado en el castillo de Luna.

Sancho inicia ahora una contienda contra Alfonso. Ambos monarcas fueron prendidos en la lucha por el bando contrario. El Cid ofrece a los captores de Sancho entregarles a Alfonso si liberan al primero. Estos se niegan y el Cid los vence y libera a Sancho. Alfonso es aprisionado en Burgos. Entonces, una hermana de Sancho le pide que libere a Alfonso. Este le concede el deseo y Alfonso se refugia con el rey musulmán Alí Maimón en Toledo, donde el rey cristiano es muy querido. A Alí Maimón le aconsejan matar a Alfonso porque temen que le quite Toledo al monarca musulmán, pero este se niega porque lo aprecia mucho.

Teniendo ya Sancho las posesiones que su padre Fernando dejó a sus hermanos, solo le faltaba la de su hermana Urraca: Zamora. Envía entonces al Cid de mensajero a su hermana para pedirle Zamora a cambio de otras posesiones de menor valor. Si esta se negaba, tomaría la plaza por la fuerza. Rodrigo lleva el mensaje de su rey a Urraca y esta no se muestra dispuesta a dar Zamora, lamentándose de la actitud de su hermano. Arias Gonzalo, noble zamorano, le sugiere a la reina dejar que sus vasallos decidan; si quieren entregar Zamora, la entregarán y, si no, morirán por ella. Al final se decide esto último y el Cid va de nuevo al rey Sancho con esta respuesta. El monarca culpa al Cid y le manda marcharse de Castilla. Los consejeros de Sancho le dicen que no pierda a un caballero tan valioso como Rodrigo, por lo que el rey recapacita y envía una carta al Cid a través de Diego Ordóñez pidiéndole que vuelva junto a él. El Cid accede. Mientras tanto, Zamora es cercada por Sancho.

Urraca contrata a Vellido Dolfos, sicario que mata a Sancho con un venablo. Para acceder al rey, Vellido había fingido que en Zamora lo perseguían y que necesitaba refugio. Tras el asesinato, el Cid va detrás de Vellido, pero no logra alcanzarlo y escapa. Los hidalgos del rey lloran su muerte, el Cid el que más. Rodrigo se lamenta pues le había aconsejado al rey no intentar tomar Zamora. Ahora se quiere ir contra Zamora para vengar la muerte del monarca. El problema es que los caballeros de Castilla temen a Arias Gonzalo y a sus hijos. Todos miran al Cid para ver si él querría enfrentarse a ellos, pero este se niega por ser Zamora el sitio en el que se crio en su infancia. Aún así, Rodrigo quiere dar a un hombre en su lugar que combata por Castilla. Diego Ordoñez se ofrece él mismo a liderar la batalla pues no considera que el Cid tenga que designar a nadie.

Diego Ordóñez llega a Zamora y reta a toda la ciudad. Arias Gonzalo le dice que tendrá que enfrentarse con él y con sus hijos. Urraca intenta convencer a Arias de que no luche por su avanzada edad, pero este hace caso omiso y se arma junto a sus hijos para la batalla. Cuando llega el día, Diego Ordóñez esperaba ya a sus enemigos. Pedro Arias sería el primero de los hijos de Arias Gonzalo en enfrentarse a él. Diego Ordóñez lo vence fácilmente, haciendo lo propio con los otros dos hijos Diego Arias y Rodrigo Arias. El Cid llega y le comunica a Diego Ordóñez que el cerco a Zamora ha acabado y que la dan por libre. Arias Gonzalo se dispone a luchar él mismo, pero Urraca aparece y le explica que ya no hay necesidad de luchar.

Urraca manda mensajeros a su hermano Alfonso, que seguía en Toledo con Alí Maimón. Antes de llegar, los mensajeros se encuentran en el camino con un caballero llamado Peranzures, quien los mata y lleva él mismo las cartas. Peranzures estaba al servicio de Alfonso y quería que el mensaje llegara primero al monarca cristiano y no a Alí Maimón. Le comunica a su rey que su hermano Sancho había sido asesinado y que le devolverían su reino. Alfonso le informa de todo a Alí Maimón y este le dice que su gente lo escoltaría. Alfonso y Peranzures llegan a Zamora. Estando Alfonso hablando con Urraca, llega el Cid, que no quiere besar la mano a Alfonso porque cree que fue él el que mandó matar a Sancho. Se acuerda que Alfonso jure en la iglesia de Santa Gadea de Burgos que no es culpable de la muerte de su hermano. Al hacerlo, le devuelven al rey su legítimo reino y este destierra al Cid de Castilla por su actitud soberbia con él. Debería abandonar sus territorios en el plazo de nueve días.

Rodrigo sale de Vivar desterrado, llorando incluso. Entre los que le acompañaban, se encontraba Álvar Fáñez, Minaya, muy cercano al Cid. Llegan a Burgos, donde nadie les quiere dar hospedaje por miedo a graves represalias por parte del rey Alfonso, quien había mandado una carta amenazando con la expropiación de bienes, amputación de los ojos, muerte y excomunión a cualquiera que acogiese al Cid. Es una niña de nueve años la que le revela a Rodrigo la razón por la que nadie le da hospedaje y le pide que se marche. Rodrigo reza en la catedral de Santa María y se marcha de la ciudad hasta cerca del río Arlanzón, donde acampa con los suyos.

Un burgalés llamado Martín Antolínez proporciona al Cid y compañía pan y vino. Se da cuenta de que el rey lo castigará por ello, por lo que pide acompañar al Cid. Rodrigo acepta y le explica que se encuentran sin dinero y que pretenden llenar dos arcas de arena y empeñárselas a Raquel y Vidas, dos judíos burgaleses, con la excusa de que son demasiado pesadas para llevarlas consigo. Martín Antolínez es enviado a ver a los judíos y les cuenta la situación del Cid. Les dice que las arcas están llenas de oro y que quiere que los judíos las guarden a cambio de seiscientos marcos, pero que no las abran en un año. Raquel y Vidas aceptan y van al campamento del Cid a llevarse las arcas. Antolínez los acompaña de nuevo a Burgos para recoger el dinero. Además de los seiscientos marcos, los judíos dan a Antolínez treinta más porque gracias a él habían conseguido el trato con el Cid.

La comitiva del Cid, ya con el dinero, parte hacia el monasterio de San Pedro de Cardeña, donde se encontraban Jimena y sus hijas. Allí los recibe el abad don Sancho, a quien el Cid entrega ciento cincuenta marcos para que a su mujer e hijas no les faltase de nada, prometiendo más dinero si volvía del destierro. Aparecen Jimena y las hijas de Rodrigo para despedirse de él. El Cid promete volver y casar a sus hijas.

Más caballeros se unen al Cid y a la mañana siguiente, tras la misa en San Pedro, parten. Rodrigo estaba muy triste por dejar a su familia, por lo que Minaya intenta animarlo. Acampando una noche, el ángel Gabriel se le aparece en sueños al Cid diciéndole que todo le saldrá bien. Al día siguiente, ya fuera de Castilla, en territorio musulmán, Rodrigo cuenta cuántos le acompañaban y eran trescientos. Deciden acampar durante el día y avanzar por la noche. Rodrigo pretende invadir Castejón quedándose él con cien hombres y enviando a Álvar Fáñez con doscientos hacia Hita, Guadalajara y Alcalá. Consiguen todos los territorios y muchas ganancias. Rodrigo reparte el botín con su comitiva y vende Castejón a los musulmanes por tres mil marcos.

Llegan ahora a Alcocer y acampan porque Rodrigo quiere tomarla. El Cid manda cavar un foso alrededor del campamento. Los musulmanes de Alcocer pagan parias al Cid. Para ganar la ciudad, Rodrigo idea una estratagema consistente en dejar una sola tienda puesta y llevarse las otras fingiendo que se marchan del lugar rendidos. Al ver esto, los habitantes de Alcocer salen de las murallas, dejando las puertas abiertas, para capturar al Cid y tener ganancias. En ese momento, Rodrigo y los suyos se dan la vuelta de repente y luchan con los de Alcocer, ganando la batalla y la ciudad.

Los pueblos vecinos de Teca, Terrer y Calatayud envían un mensaje al rey Tamín de Valencia contándole que el Cid ha tomado Alcocer y que pronto hará lo propio con los otros pueblos si no se hace algo. El monarca envía tres mil hombres para cercar Alcocer. A las tres semanas, al Cid y a los suyos les faltaba ya el agua, por lo que decidieron luchar, animados por Álvar Fáñez. Tras salir a la batalla, Pero Bermúdez, el encargado de llevar la enseña del Cid, comete una imprudencia al meterse solo en medio de un haz y los demás tienen que ir a ayudarle. Minaya pierde su caballo y Rodrigo corta a un musulmán por la mitad para darle su caballo a su compañero. El Cid derrota al rey Fáriz y Antolínez derrota a Galve, ganando así la batalla. Al repartir el botín, Rodrigo destina una parte para su mujer e hijas y envía a Álvar Fáñez a Castilla para regalarle al rey Alfonso treinta caballos.

El Cid vende Alcocer a los pueblos vecinos por tres mil marcos y se asienta en un lugar llamado Poyo, sometiendo a parias a los pueblos vecinos. Minaya presenta el regalo del Cid al rey Alfonso, pero este se resiste a perdonarlo. Aún así, se muestra amable con Álvar Fáñez y con los suyos. El compañero del Cid vuelve con él y trae consigo a doscientos hombres que se le habían ido uniendo por el camino. Ambos se funden en un abrazo y Rodrigo le agradece haberle hecho el encargo.

El conde Remón de Barcelona se entera de que el Cid y sus mesnadas recorren sus tierras y se lo toma como una ofensa, por lo que va personalmente a encararlo. Ante esto, Rodrigo se defiende diciendo que no se llevará nada del territorio del conde. Este no está conforme y le declara la guerra al Cid. Rodrigo y los suyos ganan la batalla y encierran al conde. Será en esa contienda donde Rodrigo gane la espada Colada. El conde lleva a cabo una huelga de hambre mientras está aprisionado, pero, tras mucho insistir en que comiera, el conde accede y el Cid lo libera. Rodrigo y su comitiva se dirigen ahora a tierras levantinas, tomando Burriana y Murviedro. Los valencianos cercan al Cid en Murviedro y se inicia una lucha. Álvar Fáñez va con cien hombres y Rodrigo con los demás, ganando así la batalla y tomando posteriormente Cebolla.

Durante los siguientes tres años, el Cid va consiguiendo más villas hasta llegar a Valencia. Los valencianos temen a Rodrigo y no se atreven a salir a luchar, por lo que el Cid sitia la ciudad hasta que les falta el pan a sus habitantes. Manda además pregones a Aragón, Navarra y Castilla invitando a quien quisiera unirse a él para recibir ganancias. Muchos hombres se le unieron y, al décimo mes, los valencianos se rindieron y dieron la ciudad al Cid. Cuando se entera el rey de Sevilla, manda treinta mil hombres a luchar con el Cid, quien los derrota.

Rodrigo se da cuenta de lo mucho que le ha crecido la barba en todo ese tiempo y promete no cortársela. El Cid pasa lista de los que le acompañaban y contó tres mil seiscientos hombres. Rodrigo manda entonces a Minaya a ver al rey Alfonso para regalarle cien caballos y pedirle que deje salir de Castilla a Jimena y a sus hijas. El obispo don Jerónimo llega a Valencia preguntando por las hazañas del Cid. Cuando Rodrigo se entera, lo nombra obispo de Valencia y le dice a Minaya que lleve esa noticia también a Castilla. Álvar Fáñez parte con cien hombres.

Se encuentra con el rey Alfonso en Carrión, a la salida de la misa. Minaya le habla al monarca de las conquistas del Cid y del recién creado obispado en Valencia. El rey se alegra de todo lo que oye, mientras que al conde García Ordóñez, que se encontraba con el rey, le molesta que al Cid le vaya bien. Álvar Fáñez le pide además que deje ir a Jimena y a sus hijas a Valencia, a lo que el rey accede. En ese lugar se encontraban también los infantes de Carrión, que hablan entre ellos sobre casarse con las hijas del Cid para obtener beneficio, por lo que mandan saludos a Rodrigo a través de Minaya.

Álvar Fáñez va ahora a San Pedro de Cardeña a recoger a Jimena y a sus hijas para llevarlas a Valencia con el Cid. Minaya manda mensajeros al Cid para decirle que su familia va a reunirse con él. Mientras tanto, va a Burgos para encontrar atavíos para las mujeres. Cuando iban a partir ya para Valencia, aparecen Raquel y Vidas, quienes le dicen a Álvar Fáñez que el Cid los ha arruinado y que les devuelva el dinero. Minaya les promete una compensación y parte para Medina.

Al Cid le llegan los mensajeros y manda a Muño Gustioz, Pero Bermúdez, Martín Antolínez y al obispo Jerónimo a Medina para darles el encuentro a Minaya y a las mujeres. Les dice que pasen por Molina, territorio de Abengalbón, y que le pidan cien hombres más que les acompañen. Lo hacen y Abengalbón les da doscientos hombres en lugar de cien. Todos se encuentran; Abengalbón se alegra mucho de ver a Álvar Fáñez. Pasaron esa noche en Medina y a la mañana siguiente, tras la misa, partieron primero a Molina y de ahí a Valencia. El Cid manda salir a doscientos caballeros de Valencia para recibirlos a todos, saliendo además él mismo a lomos de Babieca. Se produce un emotivo reencuentro y Rodrigo lleva a su familia a lo alto del alcázar para que contemplen la ciudad.

Meses después, el rey Yusuf de Marruecos se molesta porque el Cid se ha metido en sus territorios, por lo que manda a cincuenta mil hombres por mar a Valencia, donde acampan. Jimena se asusta cuando ve a los enemigos, mientras que el Cid se alegra porque la victoria le traerá más ganancias. Comienza el enfrentamiento y Álvar Salvadórez cae preso. Para el día siguiente, Minaya pide treinta mil hombres, a lo que Rodrigo accede. A la mañana siguiente, tras la misa, salen de nuevo a la batalla y el bando del Cid acaba derrotando al rey Yusuf, consiguiendo muchas ganancias. El Cid le dice a Jimena que quiere casar a sus sirvientas con sus vasallos y al día siguiente manda a Minaya y a Pero Bermúdez a Castilla para regalarle doscientos caballos al rey Alfonso.

Ambos se encuentran con el monarca en Valladolid. Alfonso se muestra alegre con lo que le cuentan, mientras que García Ordóñez se muestra envidioso del Cid. Los infantes de Carrión comunican entonces al rey su intención de casarse con las hijas de Rodrigo. El monarca pide a Minaya y a Pero que lo consulten con el Cid cuando regresen y además les dice que quiere ver a Rodrigo en persona donde él diga. Ambos hombres vuelven a Valencia y cuentan todo al Cid. Este se muestra contento con la propuesta de matrimonio y elige las orillas del Tajo para la entrevista que va a tener con Alfonso. Manda cartas al rey con su contestación y este fija el encuentro en tres semanas.

Al encuentro acuden dos grandes comitivas por las dos partes. La del rey incluye a Diego y Fernando, los infantes de Carrión. Cuando se encuentran, el monarca perdona finalmente al Cid. Esa noche celebran un banquete y, a la mañana siguiente, tras una misa oficiada por don Jerónimo, el rey le pide al Cid la mano de sus hijas, Elvira y Sol, para los infantes. Rodrigo accede y el rey elige a Minaya como padrino de la boda. Antes de despedirse, el Cid regala al rey veinte palafrenes y treinta caballos corredores.

Los infantes vuelven con el Cid y los suyos a Valencia. Muchos de la comitiva del rey van también a Valencia para asistir a las bodas. Llegados todos, el Cid encomienda los infantes a Pero Bermúdez y a Muño Gustioz y comunica a su mujer e hijas el casamiento, mostrándose estas muy contentas. Se celebran las bodas, que duraron quince días, y los infantes vivirían en Valencia casi los dos años siguientes.

Un día, mientras el Cid dormía, su león se escapa de la red en la que estaba. Los hombres del Cid rodean a su señor, mientras que los infantes Diego y Fernando huyen muy asustados. Rodrigo despierta y cuando el león lo ve baja la cabeza. El Cid lo coge del cuello y lo vuelve a meter en su red. Pregunta entonces por sus yernos. Todos los buscan y los encuentran pálidos de miedo, siendo los infantes objeto de burla entre los vasallos del Cid. Diego y Fernando se ofendieron mucho por esto.

El rey Búcar de Marruecos sitia Valencia. El Cid y los suyos se alegran por las ganancias que les dará la victoria, todos excepto los infantes, quienes hablan entre ellos del miedo que les causa tener que luchar. Muño Gustioz oye su conversación y se lo cuenta al Cid. Rodrigo les dice a sus yernos que se queden en Valencia y no luchen. Pide a Pero que se quede con ellos, pero este se niega porque quiere luchar con los suyos. Comienza la batalla, en la que incluso lucha el obispo don Jerónimo, y el Cid logra derrota al rey Búcar, ganando la espada Tizona. Tras la batalla, Rodrigo se muestra contento por las supuestas hazañas de sus yernos. Estos se toman las palabras del Cid como una burla hacia ellos. Reparten el botín y el Cid se plantea atacar Marruecos.

Los infantes quieren vengarse por las burlas y piden al Cid que deje a sus hijas acompañarlos a Carrión para ver sus territorios. Rodrigo accede y les da además un ajuar de tres mil marcos y otros bienes, incluyendo las espadas Colada y Tizona. Jimena y Rodrigo se despiden de sus hijas y estas parten con sus maridos hacia Carrión. El Cid ve en los agüeros que algo irá mal, por lo que pide a su sobrino Félez Muñoz que los acompañe hasta Carrión.

Llegan a Molina, desde donde Abengalbón los acompañaría hasta Medina. Los infantes ven la enorme riqueza de Abengalbón y fantasean entre ellos con matarlo para quedarse con todo. Un musulmán oye su conversación y se lo cuenta a Abengalbón. Este encara a los infantes y les dice que no les hace nada por ser yernos del Cid, de lo contrario se las tendrían que ver con él. Se despide de ellos, temiendo por Elvira y por Sol. La comitiva sigue el viaje y los infantes mandan acampar en el Robledo de Corpes. A la mañana siguiente, ordenan a los que les acompañan que se adelanten y los dejen solos con sus mujeres. Para vengarse por el episodio del león, desnudan a sus mujeres y comienzan a azotarlas. Sol pide que las maten para ser mártires. Los infantes no hacen caso y siguen maltratándolas hasta que no pueden ni hablar. Finalmente se van del lugar y las dejan allí por muertas. Cuando llegan con su gente, los infantes cuentan que Elvira y Sol habían quedado a buen recaudo.

Félez Muñoz, que se temía lo peor, se separa de la comitiva y vuelve al lugar, encontrando a sus primas inconscientes. Cuando despiertan, Félez les da agua, las cubre con su manto y las sube a caballo para llevarlas a San Esteban, donde reciben cuidados. El Cid se entera de todo y envía de inmediato a Álvar Fáñez, Pero Bermúdez        y Martín Antolínez a por sus hijas con doscientos hombres. Llegan a Valencia y el Cid abraza a sus hijas prometiéndoles un mejor casamiento y la venganza hacia los infantes.

El Cid manda a Muño Gustioz a Castilla para pedirle justicia al rey Alfonso. Encuentra al monarca en Sahagún y le cuenta lo ocurrido. El rey decide convocar unas cortes en Toledo en siete semanas a las que debían asistir todos sus vasallos, incluidos los infantes. Estos piden al rey que los exima de tener que ir porque saben que se encontrarán allí al Cid, pero el monarca se niega. García Ordóñez, enemigo del Cid, aconseja a los infantes. Llega el día de las cortes y acuden todos. El Cid se demora cinco días y cuando entra en la sala todos se ponen en pie, incluido el rey; todos menos los infantes.

El rey da la palabra al Cid para que demande lo que considere a los infantes. Rodrigo dice que no se siente deshonrado por sus hijas, ya que los casamientos los decidió el rey, pero lo que sí quiere de vuelta son las espadas Colada y Tizona. Los infantes, pensando que así se acabarán las cortes, deciden devolver las espadas. El Cid da entonces la Tizona a Pero Bermúdez y la Colada a Martín Antolínez. Rodrigo demanda a continuación los tres mil marcos que dio a los infantes. Estos declaran haberse gastado ya el dinero, pagando al final en bienes (caballos, mulas, espadas, etc.).

Lo siguiente que el Cid reclama es lo de sus hijas, no entendiendo por qué lo hicieron. García Ordóñez interviene declarando que los infantes estaban en su derecho pues sus esposas eran de rango nobiliario inferior e insultando la barba del Cid. Este le contesta recordándole al conde la vez que le arrancó la barba en Cabra. El infante Fernando se defiende diciendo que el Cid ya está pagado con lo que le han dado y vuelve a recordad que su linaje es superior al del Cid. Rodrigo pide a Pero que hable y este cuenta cómo en la batalla contra el rey Búcar el infante Fernando iba a matar a un musulmán, pero huyó antes de acercarse a él. Pero Bermúdez lo mató y dejó que Fernando se llevara el mérito delante de todos. Luego recuerda el episodio del león y reta a Fernando.

El infante Diego dice no arrepentirse de la afrenta contra las hijas del Cid por ser estas de linaje inferior. Martín Antolínez lo reta por lo que ha dicho, recordando también el episodio del león. Asur González entra en ese momento en las cortes ofendiendo a Rodrigo con sus palabras, por lo que Muño Gustioz lo reta. El rey interviene para decir que los que se han retado lucharán. Entran en la corte a continuación mensajeros del infante de Navarra y del de Aragón para pedir la mano de las hijas del Cid. Este accede y el rey acepta. Minaya pide la palabra y, estando a punto de retarse con Gómez Peláez, el rey interviene para que no haya más retos. Las luchas se llevarían a cabo en las vegas de Carrión en tres semanas.

Llegó el día de las batallas y los infantes piden al rey que los del Cid no pudieran usar las espadas Colada y Tizona, pero el rey no les acepta la petición. El primer duelo fue el de Fernando contra Pero, venciendo este último con la espada Tizona. El segundo fue el de Diego contra Martín, volviendo a vencer el del Cid con la Colada. El último duelo entre Asur y Muño acaba con la victoria de este último. El bando de Rodrigo había vencido a los de Carrión, acabando así la disputa y volviendo a Valencia. El Cid y los suyos se enteran que el rey había dado por alevosos a los infantes y el tío de estos, don Suer, se había encargado de vengar a Elvira y Sol. Cuando oyeron esto, se alegraron mucho. Se celebraron las bodas con los infantes de Navarra y Aragón, convirtiéndose el Cid en pariente de los reyes de España.

El rey Búcar y otros treinta reyes musulmanes amenazan Valencia estando el Cid en su lecho de muerte. Rodrigo pide a los suyos que no lloren por él, que no contraten plañideras porque le basta con las lágrimas de Jimena, que lo entierren en San Pedro de Cardeña y que devuelvan a los judíos Raquel y Vidas lo que les debe en plata. Pide además que coloquen su cuerpo sin vida a lomos de Babieca y que le coloquen la espada Tizona en la mano para que sea él quien lidere la batalla. Reparte además sus bienes y riquezas entre Jimena, sus hijas, sus vasallos y el rey. Manda que traigan a Babieca porque quiere verlo antes de morir, tras lo cual el Cid falleció. Rodrigo muere el día de Pentecostés de 1132.

Para la batalla, hacen lo que ordenó el Cid y colocan su cadáver sobre Babieca. Vencieron al rey Búcar y prepararon el cuerpo para llevarlo a San Pedro de Cardeña. Lo embalsamaron y dejaron sentado en su escaño siete años, con Tizona a su lado. Un judío llegó un día a ver el cuerpo. Había oído que nadie en vida había tocado la barba al Cid, por lo que intenta hacerlo. Ante esto, el cadáver de Rodrigo empuña la espada, a lo que el judío se espanta. Los que entraron en la iglesia le preguntaron qué le había pasado. El judío lo cuenta y lo toman como un milagro, convirtiéndose el judío al cristianismo.

"Puede que tuviese doce cuando mató a su primer enemigo; puede que tuviese menos"

 


En esta ocasión, os traigo un contenido ligeramente distinto de lo que suelo subir a este blog. Mis alumnos de literatura medieval han tenido que realizar un trabajo sobre el Cid en la épica medieval teniendo en cuenta ya no solo el conocido Cantar, sino también el romancero. Para ello, la tarea consistía en reescribir la historia de Rodrigo de Vivar teniendo en cuenta todos esos poemas, y la intertextualidad entre ellos. Dentro de esa premisa, mis estudiantes tenían libertad total para desarrollar lo que quisieran, y algunos han deslumbrado por mostrar una creatividad inusual en estos tiempos tan rígidos. Trabajos como el que aquí ofrezco, de mi alumna Nerea María Sánchez Rincón, son prueba de ello, porque demuestran una lectura comprensiva de las obras seleccionadas y una clara capacidad para advertir cómo dialogan. A ello se le suma el estar escrito en un español no solo correcto, sino muy agradable de leer, lo que convierte el presente texto en algo interesante ya no solo para estudiantes, sino para cualquiera que quiera conocer la historia del Cid según la literatura medieval.

EL MITO DEL CID EN EL ROMANCERO Y EL CANTAR DE GESTA

Nerea María Sánchez Rincón

2º de Filología Hispánica

Literatura Española Medieval

Javier Muñoz de Morales Galiana

Puede que tuviese doce cuando mató a su primer enemigo; puede que tuviese menos. Se llamaba Rodrigo Díaz de Vivar. No la víctima, sino quien empuñaba la espada. El conde Lozano había agraviado el honor de su familia, el linaje de los Laínez, y cualquier castigo que se le ocurriese al Cid, como era conocido, era poco. No importaba su corta edad o que aquel hombre fuese un conde de la corte del mismísimo rey Fernando, a quien él servía. Tampoco importaba el origen de la disputa, sino que debía cumplir con sus responsabilidades. Debía matarlo, y así lo hizo. Algunos dicen que tomó la espada del propio Mudarra, el hijo ilegítimo de Gonzalo Gustios que había sido capaz de defender la honra de sus siete hermanos; y, finalmente, con cierto temor de no ser digno y pidiéndole justicia al cielo, el Cid le cortó la cabeza al conde Lozano.

El rumor de lo sucedido se extendió por todo Burgos, aunque nadie había reparado en algo: ¿qué haría ahora Jimena Gómez, la hija del conde Lozano? La joven acudió a la corte del rey clamando justicia y el Cid la miró con soberbia, empuñando su arma. ¿Quién era aquella joven que decía preferir morir a manos del asesino de su padre que enfrentarse al futuro incierto que la esperaba? Sin embargo, el monarca ignoró las súplicas de la muchacha que había quedado huérfana y desprotegida, y nadie osó decir nada acerca de la joven para no contrariarlo a él o al Cid. Pero Jimena no se dio por vencida, y regresó tiempo después a la corte del rey. Le dijo que, si no era capaz de hacer justicia, entonces no merecía el poder que portaba. El rey supo entonces que debía hacer algo, aunque darle muerte al Cid no era la solución, pues era muy querido y todos sus soldados se rebelarían.

La propia Jimena dio con la solución: se casaría con el Cid y, algún día, el hombre que tanto daño le había hecho le daría algo bueno. El rey aceptó y le mandó una carta al Cid para que el muchacho acudiese a palacio, a lo que el Cid obedeció. La gente hablaba de él, de quien había matado al conde Lozano. Y él, que los oía, estaba dispuesto a enfrentarse a quienes lamentasen la muerte del conde Lozano. Solo consintió apearse de Babieca, su caballo, cuando su padre le pidió que le besase la mano al rey. No obstante, haciendo gala de su orgullo, desenfundó su arma y el rey se espantó y le pidió que se alejase. El Cid se ofendió y acabó marchándose de allí con todos sus soldados. No fue hasta que el rey lo mandó a llamar por segunda vez que regresó de nuevo. Vio a Jimena otra vez, y entonces aceptó la propuesta del rey. Iba a casarse con ella. La boda se celebró en el solar de los Laínez, y aquel día las viejas enemistades se olvidaron, ya que el rey no solo le entregó al Cid la mano de Jimena, sino también nuevos territorios. Regresó a Vivar con ella y le pidió a su madre que la cuidase. Tras ello, marchó a luchar la frontera.

Fueron muchos los enfrentamientos que tuvo el Cid a lo largo de los años, mientras el rey y él luchaban contra moros y cristianos. Mientras Rodrigo se hacía un nombre en toda Castilla y se convertía en el mejor vasallo del rey Fernando, Jimena aguardaba embarazada en los solares de Burgos de su primera hija. Le escribió por ello una carta al rey Fernando, pidiéndole que le permitiese a su marido volver a casa, pero él no lo permitió, sino que le prometió encargarse del cuidado de la criatura en cuanto naciese. Pasaron los años, y ya en su lecho de muerte, el monarca decidió repartir lo que hoy conocemos por España entre sus tres hijos. A Sancho le dio Castilla; a Alfonso, León, Asturias y Sanabria y a García, Galicia y Portugal. Su hija Urraca recibió Zamora, una tierra olvidada cerca del Duero, aunque muy estratégica.

No obstante, Sancho no quiso respetar la última voluntad de su padre u oír los consejos del Cid, que insistió en cumplir con los deseos del ya fallecido. Así pues, procedió a vencer a sus hermanos en batalla e incorporar nuevos territorios a la Corona de Castilla. El Cid, a pesar de no estar de acuerdo, ayudó a Sancho e hizo que el reino triunfase sobre el de los demás. Mientras tanto, Urraca estaba encerrada en Zamora con su ayo, recordando su infancia en palacio con el Cid. El territorio que más anhelaba Sancho era este, con sus torres y muros que la hacían una ciudad muy próspera, pero ella estaba dispuesta a cualquier cosa para defender la ciudad. Y el Cid, que hasta entonces había obedecido a las órdenes de Sancho, aunque reticente, se negó a enfrentarse a Zamora, porque era donde se había criado.

Pese a ello, Sancho sitió la ciudad.

Una tarde cabalgaban a orillas del Duero dos caballeros de Zamora, que eran el famoso Arias Gonzalo y su hijo. Todos salieron a comprobar qué sucedía, incluido Sancho. Padre e hijo, mostrándose soberbios, le pidieron al rey que encontrase a dos caballeros castellanos con quienes luchar, ya que estaban dispuestos a defender los intereses de Urraca. Tres condes oyeron sus peticiones, y entonces se armaron para el combate. A pesar de la diferencia numérica, el padre y el hijo ganaron y Zamora fue tomada por Arias Gonzalo. Entró entonces en escena Vellido Dolfos, un noble leonés y amante de Urraca. El caballero salió de Zamora y prometió al rey Sancho que le mostraría las zonas más vulnerables de la muralla a cambio de su amistad. Y él aceptó, a pesar de que el Cid le había avisado de que podía ser un traidor, al igual que lo había sido su padre.

Efectivamente, Vellido Dolfos mató a Sancho y se refugió tras ello en Zamora. Los soldados del rey se mostraron tristes, pero el Cid fue quien más lo lamentó: le había dicho que enfrentarse a una ciudad tan poderosa como Zamora traería graves consecuencias. Ahora alguien debía enfrentarse a Zamora y a Arias Gonzalo para defender la honra de Sancho. Sin embargo, nadie quería. Los caballeros castellanos no habían querido tomar parte en esa guerra desde el principio, y el Cid seguía firme en su idea de no traicionar a la ciudad que lo había visto crecer. Finalmente, fue Diego Ordóñez, un conde castellano y primo del rey, quien se enfrentó a Arias Gonzalo en Zamora.

En lugar de luchar Arias Gonzalo lo hizo su hijo Fernando, quien perdió la batalla y lo pagó con su muerte. Su padre no se entristeció, porque había muerto defendiendo la honra de Zamora y de Urraca y aún le quedaban cuatro hijos vivos. No obstante, se celebró otro combate y Ordóñez mató a Nuño Arias, otro de sus hijos. En el último combate mató también a Pedro Arias, pero el cuerpo del hijo de Ordóñez quedó dentro del campo y los jueces decretaron que no había ni ganador ni perdedor. La confrontación se apaciguó con el tiempo, y castellanos y leoneses hicieron las paces.

Mientras tanto, Urraca le mandaba a su hermano Alfonso una carta avisándole de que Sancho había muerto para que regresase a Zamora. El rey lo hizo, y entonces recibió los reinos que había tenido Sancho. Leoneses, asturianos, gallegos y portugueses aceptaron su reinado, pero los castellanos pidieron antes que jurase no haber tomado partida en la muerte de su hermano. Fue el Cid quien le tomó jura en Santa Gadea; no se mostró diligente, sino que incluso amenazó al nuevo rey con lo que iba a pasarle si mentía y resultaba culpable del crimen. El monarca juró ser inocente sobre un cerrojo y la ballesta que había matado a Sancho. Finalmente, le pidió al Cid que le besase la mano y le jurase fidelidad, pero él se negó y acabó siendo exiliado. Alfonso decretó un año de exilio, y él, en burla, dijo que se marcharía cuatro. Entonces, estableció un plazo de varios días para que el Cid y sus hombres abandonasen Vivar. Entre ellos se encontraba Alvar Fáñez, su primo y mejor amigo, también conocido como Minaya.

Marcharon a Burgos, pero allí nadie tenía permitido darle acogida al Cid, ya que como consecuencia se enfrentarían a la furia del monarca. Solo una niña se atrevió a decirle que ya no era bienvenido. Martín Antolínez, uno de sus vasallos, decidió ponerse de su parte y ayudarlo con la provisión de víveres. Para ello necesitaban dinero, y no les quedó otra alternativa que acudir a los judíos Raquel y Vidas, que eran usureros. Antolínez fue el encargado de entregarle a los judíos dos arcas mintiendo sobre su contenido: estaban llenas de arena, pero Raquel y Vidas creían que tenían oro. Les prometió que si las guardaban y no las abrían por un año los beneficiarían en el futuro con más dinero. Ellos aceptaron, y como pago le dieron a Antolínez seiscientos marcos con los que pudieron financiar la primera salida. Tras ello, el Cid mandó a su esposa Jimena y a sus hijas al monasterio de San Pedro de Cardeña para que el abad y los monjes se encargasen de su cuidado. No obstante, tuvo que marcharse de allí muy pronto y muy apenado, ya que el plazo iba a expirar en poco tiempo.

Entonces empezó el camino del héroe, el exilio y la búsqueda de la honra.

El Cid llegó esa misma noche a la frontera de Castilla con el reino moro de Toledo. Antes de cruzarla recibió en sueños la aparición del arcángel Gabriel, quien le prometió que todo saldría bien. Esta aparición lo animó, por lo que entró en Toledo dispuesto a efectuar una primera campaña en el valle del río Henares. Dividió la campaña en dos acciones simultáneas: él tomó la plaza de Castejón junto a una parte de sus hombres, y Minaya hizo un saqueo hacia el sur. Salieron victoriosos y obtuvieron grandes ganancias, pero Toledo era un protectorado del rey Alfonso y no querían enemistarse aún más con él, así que se lo vendieron a los moros y prosiguieron con el viaje sin represalias. La segunda campaña tuvo lugar en el valle del Jalón. Primero saquearon la ciudad, y luego establecieron un campamento para cobrarle tributos a las ciudades cercanas y ocupar la plaza de Alcocer, muy estratégica. No obstante, la ocupación empezó a durar más de quince semanas y la población musulmana que vivía cerca se alarmó. Acudieron al rey Tamín de Valencia, quien decidió mandar a dos emires llamados Fáriz y Galve para que derrotasen al Cid y recuperasen Alcocer. Tras tres semanas de sitio por parte de los emires, sin comida y agua, el Cid decidió enfrentarse con todo su ejército a las fuerzas enemigas. La batalla fue larga y difícil, pero consiguió herir a Fáriz y ganar la batalla. A pesar de ello, se encontraba en una situación comprometida como había sucedido antes, por lo que pagó a todos sus soldados y seguidamente vendió Castejón a los moros antes de continuar con su viaje.

Para este punto tenía tantas riquezas que envió a Minaya a la corte de Alfonso con un regalo, queriendo así conseguir su perdón. Minaya consiguió que Alfonso lo perdonase a él por marcharse junto al Cid, pero no el perdón del propio Cid. Mientras tanto, este marchaba al valle del Jiloca y se asentaba en un cerro que acabó tomando su nombre: el Poyo del Cid. Esperó allí a Minaya durante quince semanas, pero, viendo que no llegaba, decidió partir a distintas ciudades y pedir tributo a sus habitantes. Su fortuna no hacía más que aumentar.

Tiempo más tarde, Minaya regresó con doscientos soldados castellanos que habían decidido seguir al Cid y con noticias de Jimena y sus hijas, que estaban bien atendidas en Cardeña. El Cid no perdió el tiempo, y pronto se dirigió hacia el este, donde se encontraba el protectorado del conde de Barcelona, un hombre llamado Ramón Berenguer. Este decidió hacerle frente con un ejército de moros y cristianos, y se dio una batalla en el pinar de Tévar. Como ya era acostumbrado, vencieron el Cid y su ejército, e incluso tomaron al conde como rehén. Pasaron tres días en los que Ramón se negó a comer, hasta que el Cid le dijo que lo dejaría en libertad si comía en su mesa y le permitía quedarse con todo el botín que había obtenido en la guerra, a lo que el conde aceptó.

Después de tanto tiempo y con tantas tierras conquistadas, se había vuelto tan adinerado como cualquier señor de la península. Comenzó entonces el proceso de conquista de Valencia, en la cual el Cid quería crear un nuevo señorío donde asentarse. Empezó con el objetivo de aislar la zona. Para ello tomaron Murviedro y, aunque los moros intentaron frenar el ataque, fue imposible: el ejército del Cid era mucho más fuerte. Del mismo modo consiguió tomar casi todas las ciudades que rodeaban Valencia y cumplir su cometido. Así pasaron tres años, atosigando Valencia. Los ciudadanos le pidieron ayuda al rey de Marruecos, pero este no respondió, y finalmente no soportaron más el asedio y decidieron rendirse. El Cid y los suyos lograron entrar en la ciudad. No obstante, el rey de Sevilla se enteró de la noticia e intentó hacer suya Valencia. Se libró otra batalla más, y otra batalla más ganó el Cid.

Había pasado mucho tiempo y el Cid contaba ya con un ejército de más de tres mil hombres. Además, se había asentado en Valencia junto con sus vasallos más antiguos. Decidió entonces mandar otra vez a Minaya a la corte del rey Alfonso para que le entregase un nuevo presente y le permitiese sacar de allí a Jimena y a sus hijas. Junto a él mandó a Martín Antolínez para que se encargase de saldar la deuda que tenía con Raquel y Vidas. Antolínez debía disculparse de parte de él, además de entregarles los tres mil marcos de plata que les habían pedido hacía tanto y mil marcos más por el favor. Minaya, por otra parte, llegó a Burgos, donde se encontró con el rey. Le dijo que, a cambio de poder llevar a Jimena y a sus hijas a Valencia, Rodrigo le daría más riquezas y tierras de las que le había dejado su padre antes de morir. El monarca aceptó el trato y permitió que la esposa y las hijas del Cid se marchasen. Entonces, Minaya acudió a Cardeña a por ellas. Partieron los tres junto con las damas de las tres mujeres hacia Valencia, donde el Cid las esperaba con alegría.

Después de un viaje muy largo y sin inconvenientes, la familia, entre llantos, se reencontró al fin.

A pesar de esta nueva alegría, el rey Yusuf de Marruecos se propuso hacerse con el territorio de Valencia. Se dio entonces uno de los mayores combates a los que hizo frente el Cid en toda su vida, pues duró dos días. Contra todo pronóstico y pese a lo difícil que fue, lograron la victoria. Consiguieron un gran botín, por lo que decidió enviarle un tercer regalo al rey Alfonso de mano del fiel Minaya y de Pedro Bermúdez. García Ordóñez, que aún estaba enemistado con Rodrigo y se había convertido en un hombre de confianza del rey, intentó llenarle a Alfonso la cabeza de malas ideas. A pesar de ello, Minaya se mantuvo acérrimo y defendió a su amigo.

Entraron entonces en escena los infantes de Carrión, interesados por la nueva riqueza del Cid y por el gran poder que este había cosechado; querían por ello casarse con sus dos hijas, Elvira y Sol. Se llamaban Fernando y Diego y eran de León, pertenecientes a la corte de Alfonso. Los vasallos del Cid regresaron de la corte del rey con la noticia de que Alfonso lo había perdonado, pero también con el posible matrimonio de sus hijas. El Cid no estaba muy conforme con la boda, pero Alfonso había prometido perdonarlo públicamente si aceptaba. En contra de sus propios deseos, le mandó una carta al monarca para encontrarse a orillas del río Tajo y conversar con él, como Alfonso le había pedido. Se presentaron los caballeros de uno y otro; al Cid lo acompañaron Minaya, Pedro Bermúdez, Martín Muñoz, Martín Antolínez, Álvar Álvaroz y Muño Gustioz, mientras que su familia se quedó a buen recaudo en el alcázar junto con Galindo García y Álvar Salvadórez. Finalmente, el Cid se arrodilló ante Alfonso y fue perdonado delante de todos. Al día siguiente pactaron las bodas de sus hijas con los infantes de Carrión. El Cid y sus hombres regresaron junto con los infantes a Valencia, donde se celebraron las bodas, que duraron quince días. Fue Minaya quien las entregó en el altar de Santa María, ya que el Cid seguía receloso. Y así pasaron casi dos años, con los infantes viviendo en Valencia.

Ya adulto, había alcanzado su máxima gloria: tenía oro, tierras y poder y era conocido en todas partes. No obstante, pronto se vería perturbado este periodo de paz. Una tarde estaba él durmiendo cuando entró en palacio un león que se había escapado de su jaula. Los infantes andaban riendo y divirtiéndose, pero en cuanto vieron al animal se acobardaron y se escondieron. El Cid se despertó con los ruidos y la bestia se amansó en cuanto lo vio; además, lo llevó con sus propias manos de vuelta a la jaula. Todos se dieron cuenta de lo cobardes que eran los infantes y se burlaron de ellos, por lo que los hermanos quisieron venganza. La vergüenza se agravió cuando el rey Búcar de Marruecos atacó Valencia y los infantes no quisieron acudir a la batalla porque tenían miedo. Sin embargo, el Cid no se enteró porque Pedro Bermúdez decidió no contárselo. Después de una larga contienda el Cid entró en el campamento enemigo y persiguió a Búcar hasta el mar. Le lanzó su espada, que lo cortó por la mitad. Más tarde regresaron al campamento y el Cid les dijo a sus yernos que estaba orgulloso de la valentía que habían mostrado, aunque fuese mentira. Él no sabía la verdad, pero sus hombres sí, por lo que se rieron de ellos.

Después de tantas burlas los infantes decidieron cobrar venganza. Para ello le pidieron al Cid que les permitiese regresar a Carrión con sus hijas para enseñarles las propiedades que tenían y asentarse allí. Él aceptó, e incluso les dio las mejores prendas, caballos y soldados, además de sus propias espadas, para que allá donde fuesen todo el mundo supiese de su buena posición. Las hijas se despidieron del Cid y de Jimena a las puertas de Valencia. No obstante, el Cid desconfió de los infantes, por lo que mandó a su sobrino Félez Muñoz a que los siguiera para comprobar que todo estaba bien. Además, le pidió a Abengalbón, un amigo suyo, que las recibiese en Molina para que descansasen allí una noche durante el viaje. Los infantes quisieron matar a Abengalbón para quedarse con sus riquezas, pero no pudieron, porque uno de sus hombres los oyó y se lo contó al propio Abengalbón.

A la mañana siguiente partieron de Molina y se despidieron de Abengalbón, que presentía lo que iba a ocurrir, y continuaron con el viaje. Cabalgaron día y noche sin descanso hasta que finalmente llegaron al robledal de Corpes, donde pasaron la noche. Por la mañana le pidieron a su séquito que continuase con el camino para quedarse a solas con Elvira y Sol y abusar de ellas. Ellas suplicaron piedad, pero de nada sirvió. Las abandonaron allí, solas y maltratadas, y se pavonearon de haberse vengado al fin del episodio del león. Afortunadamente, Félez Muñoz llegó al robledal, las socorrió y las llevó a San Esteban de Gormaz para que estuviesen a salvo. La noticia de lo ocurrido empezó a extenderse y llegó hasta el Cid, que pidió que trajesen a sus hijas de vuelta a Valencia. Minaya fue a buscarlas, y después de un largo camino las hijas se reunieron con el padre, quien prometió vengarlas y volverlas a casar.

Mandó entonces a Muño Gustioz al palacio de Alfonso a contarle lo sucedido y pedirle que convocase a cortes a los infantes para que se hiciese justicia. A Alfonso le apenó mucho lo sucedido, por lo que aceptó la petición del Cid y convocó una reunión en Toledo. Tenían un plazo de siete semanas para acudir. El rey Alfonso fue el primero en llegar, y a él le siguieron los condes Enrique, Ramón, Froila, Birbón y muchos más. Al quinto día llegó el Cid con un gran séquito, pero antes de entrar en Toledo pasó una noche rezando en San Servando. A la mañana siguiente entró en Toledo. Muchos condes lo recibieron de buena gana, entre ellos Ramón y Enrique, pero no los que estaban de parte de los infantes. El Cid pidió de vuelta sus espadas, que los infantes le entregaron, y el dinero que les había dado cuando se marcharon de Valencia. No obstante, habían gastado ya las riquezas, por lo que tuvieron que devolverlo en especies.

Sin embargo, el Cid pidió una última cosa: retarlos en combate por intentar deshonrarlo. Fernando dijo que su hermano y él se habían casado con las hijas de un simple campesino y que merecían casarse con las hijas de un rey, pero Pedro Bermúdez salió a defender al Cid y expuso todas las ocasiones en las que Fernando se había mostrado cobarde. Diego también intentó ofender al Cid, y en respuesta Martín Antolínez se enfrentó a él. Asur González entró en palacio e insultó al Cid, y a él también se enfrentó Muño Gustioz.

En aquel mismo momento el monarca los condenó culpables y decretó nuevos matrimonios para Elvira y Sol: a una la casó con el infante de Aragón, y a otra con el de Navarra. Tras ello, Alfonso estipuló que el combate se daría en tres semanas en Toledo, pero los infantes no lo consintieron y decidieron que se daría en Carrión. El Cid agradeció a los condes Ramón y Enrique y al monarca por su apoyo durante el juicio, y les entregó también a los futuros esposos de sus hijas numerosos regalos.

Pasaron las tres semanas y los dos ejércitos se reunieron en Carrión junto con el rey Alfonso, que comunicaría los vencedores y los perdedores. El Cid, por su parte, había regresado a Valencia. Pedro Bermúdez, Martín Antolínez y Muño Gustioz se prepararon para la batalla. Los del Cid vencieron a los infantes que, cobardes, se rindieron antes de que los matasen. Defendido el honor del Cid y sus hijas, los tres regresaron a Valencia.

Finalmente, el Cid había conseguido lo que desde el principio había querido: el triunfo de la honra de su familia. Pese a ello, no gozó por mucho tiempo de ese disfrute, ya que una noche lo visitó San Pedro y le dijo que moriría pronto. Tendría gloria eterna, pero perdería su mejor territorio y el que más le había costado conseguir, que era Valencia. Sin embargo, esto no llegó a suceder, porque Dios le otorgó un último deseo. Cuando sus ojos se cerrasen al fin, su alma aparecería en el campo de batalla para luchar su último combate. Al final, lo único que ocuparon de Valencia los moros fueron ruinas y polvo.

El Cid acabó convirtiéndose en símbolo de nobleza, lealtad y honor. En un héroe que recordar.

Bibliografía:

Anónimo. Poema de Mio Cid, edición, introducción y notas de Ramón Menéndez Pidal, Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2002.

Aznar, José Camón. “El Cid, personaje mozárabe.” Revista de Estudios políticos 31 (1947): 109-144.

Michaelis, Carolina. Romancero del Cid: nueva edición añadida y reformada sobre las antiguas, que contiene doscientos y cinco romances. Leipzig: F. A. Brockhaus, 1871.

Quero, Alberto. “«Maravilla es del Çid, que su ondra creçe tanto». Argumentación y apartes en el poema de Mío Cid.” Estudios Románicos 24 (2015): 199-210.

Vredenburgh, Clifford W. “Notas sobre el «Poema de Mio Cid».” Hispania 23.1 (1940): 21-26.



Comentario de texto: "Canto del cosaco", de José de Espronceda

 


El comentario de texto que a continuación os traigo es de una de las Canciones de Espronceda, el "Canto del Cosaco", por mi alumno Francisco José Holgado Aguilar. 


CONTEXTUALIZACIÓN

 

José de Espronceda (1808-1842) es uno de los autores básicos para entender el Romanticismo español. Vivió el convulso periodo histórico y político que abarca la primera mitad del siglo XIX (la guerra de la independencia, la inestabilidad política con Fernando VII, las guerras carlistas, etc.) el cual jugó un papel importante a la hora de confeccionar su obra. A pesar de la inestabilidad de la época, Espronceda se mantiene fiel a sus convicciones y tiene por bandera la libertad, plasmándose en muchas de sus composiciones como El canto del cosaco.

 

Espronceda compone este poema en 1838 siguiendo el modelo de Ossián durante su estancia en Londres, en la que se ve influenciado por la lectura e imitación masiva de este “autor”, difundido por Macpherson, que se estaba estilando en toda Europa. En lo relativo al contexto histórico y social que se dio durante la creación del poema, puede resumirse, a grandes rasgos, en el cambio de regente y por tanto de régimen, con María Cristina y los liberales; las frecuentes guerras carlistas que derivaron en una situación de alta inestabilidad política; y en el marco europeo, las revoluciones liberales de 1830.

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CAMPOS, J., Espronceda, “Un autor en un libro”, 5, Compañía Bibliográfica Española S.A, Madrid, 1963.

ESPRONCEDA, J., El canto del cosaco, Poeticus, https://www.poeticous.com/jose-de-espronceda/el-canto-del-cosaco [fecha de consulta: 20-12-2021]

Cervantes Virtual, http://www.cervantesvirtual.com/portales/jose_de_espronceda/autor_biografia/ [fecha de consulta: 20-12-2021]

GODOY GALLARDO, E., “En torno a las ‘Canciones’ de Espronceda”, Signos, 8, 1, 1975, ProQuest, https://media.proquest.com/media/ c h / p a o / d o c / d 6 0 3 - 1 9 7 5 - 0 0 8 - 0 1 - 0 0 0 0 0 2 / d o c . p d f ? hl=espronceda%2Ccanciones&cit%3Aauth=GODOY+G%2C+Eduardo&cit%3Atitle=En+torno+a+las+

%22Canciones%22+de+Espronceda&cit%3Apub [fecha de consulta: 20-12-2021]

MONTERO, R., “Ossián el mentiroso”, El País, 18-02-2006, https://elpais.com/diario/2006/02/12/eps/1139729218_850215.html [fecha de consulta: 20-12-2021]

ESPÍN TEMPLADO, MP., La presencia de las literaturas europeas en la obra de Espronceda (pp 111-119), UNED, Madrid, 2011, http://www.cervantesvirtual.com/research/la-presencia-de-las-literaturas-europeas-en-la-obra-de-espronceda-785904/94dbb52e- f789-4fb2-93b6-9759a3ba601c.pdf [fecha de consulta: 20-12-2021]

SIKORA, R., Breve historia de Polonia, Instituto Polaco de Cultura, Madrid, https://instytutpolski.pl/madrid/breve-historia-de- polonia/ [fecha de consulta: 29-12-2021]

 

 

TEMA DEL POEMA

 

El tema del Canto del cosaco es la exaltación del sentimiento amoroso hacia la patria a la vez que es una protesta contra la decadencia política y social existente en una Europa afectada por la corrupción tras la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas.

 

ESTRUCTURA EXTERNA

 

En lo relativo a la métrica, el poema está compuesto por serventesios, es decir, por versos endecasílabos de arte mayor. La rima es ligeramente irregular, pues aunque predomina la rima consonante, es posible observar que hay versos que riman de forma asonante: en la segunda estrofa, los versos 2 y 4, por ejemplo.

Es destacable comentar la peculiaridad presente en el estribillo: el primer y el tercer verso no riman, siendo el único caso de versos sueltos en el poema.

 

Por último, el narrador se incluye en la rebelión: es partícipe de la misma y anima a los cosacos a llevarla a cabo. Personalmente, me evoca a un líder militar dirigiéndose a las tropas justo antes de partir hacia la guerra.


ESTRUCTURA INTERNA

 

El poema sigue una estructura formada por siete bloques temáticos, rota por la repetición de un estribillo cada ocho versos. La división temática de El canto del cosaco es la siguiente:

En los versos correspondientes a las estrofas de la 1 a la 4, el autor realiza una descripción de Europa: lugares lujosos, bellas mujeres, riquezas, al mismo tiempo que desprestigia a los habitantes y dirigentes europeos llamándolos “cobardes” y “débiles”. Con esto, Espronceda pretende marcar un contraste con las miserias y el valor y coraje de los cosacos.

En las estrofas 5 y 6 Espronceda expresa su deseo de libertad, poniendo como medio para conseguirla la rebeldía, pues en estas estrofas se explica qué van a hacer los cosacos cuando devasten Europa: acabar con el vigente sistema europeo para aplicar el suyo propio, donde se exalta la libertad de los rebeldes.

Es en la estrofa 7 donde el autor llama a la unión de los cosacos para lograr sus propósitos, en el sentido de que la rebelión colectiva es la clave para hallar esa anhelada libertad.

La octava estrofa es una evocación de todos aquellos que en el pasado han luchado y defendido la patria por honor.

Durante las estrofas 9 y10, y en los cuatros primeros versos de la undécima, Espronceda les recuerda a los cosacos que Europa es la culpable de sus problemas y que deben recurrir a la rebeldía para alcanzar la libertad de su patria; mientras que en los versos restantes de la estrofa número 11 se refleja un sentimiento anticlerical, por la profanación de altares y elementos religiosos como el pan y el vino.

Espronceda cierra el poema alentando a los cosacos a lanzarse a la rebelión, pues, como se ha mencionado anteriormente, la unión de fuerzas derivará en la libertad y por consiguiente en la gloria de la patria.

 

 

COMENTARIO

 

El canto del cosaco es un poema del autor español José de Espronceda. Se compuso en 1838 y por tanto, se encuadra dentro del movimiento del Romanticismo, más concretamente en el subgénero de las canciones líricas, caracterizado por la influencia de Lord Byron y por la temática tan romántica que trata: rebelión contra el orden social, lo grotesco y lo marginal. La composición se construye con un tono exaltado que incita a los cosacos a rebelarse contra la opresión bajo la que están sometidos. Con respecto a su relación con los acontecimientos históricos de la época, El canto del cosaco hace referencia a la situación tan precaria por la que pasó Polonia al encontrarse completamente fragmentada. El poema es una apelación a los cosacos, guerreros bárbaros cuyos rasgos predominantes son la brutalidad y la crueldad, para levantarse contra el sistema corrupto y opresor que reinaba en Europa por aquel entonces.

 

La voz poética del poema evoca a un alto cargo militar dirigiéndose a sus tropas con el objetivo de infundirles coraje y valentía para luchar por su libertad. Esta figura de coronel o sargento al que alude el poema se intensifica también en el uso abundante del imperativo en formas verbales como gocemos (verso 18); Venid, volad (verso 53); Id (verso 57). Otro tiempo verbal predominante es el futuro para marcar los beneficios que traerá consigo la revolución. Lo podemos observar en verán (verso 94); sentiréis (verso 104); acudirán (verso 115); aprestarán (verso 120).

 

Los temas principales del texto son cuatro: la libertad, la rebeldía, la corrupción europea y el honor y la patria. A continuación desarrollaremos cada uno de ellos.

En primer lugar, la libertad, entendida como la única manera de conseguir la gloria de la patria y por consiguiente propósito principal de los cosacos. En las estrofas 5, 6, 9 y 10, se presenta como el resultado de rebelarse contra la autoridad (Europa) ya que gracias a ella los rebeldes gozarán de todo aquello de lo que se les ha privado:  riqueza, lujo, mujeres… En cambio la libertad en la estrofa 7 se representa como la


consecuencia de haber unido fuerzas en defensa del honor de la nación. En la estrofa 11 esta última idea se repite, sin embargo la libertad se presenta como recompensa por vengar a la patria. Por último, la libertad es garantía de bienestar y estabilidad tanto presente como futura en la estrofa 12.

En segundo lugar encontramos la rebeldía, expresada en las estrofas 5 y 6 como la vía necesaria para acabar con la situación de miseria de los cosacos; mientras que en las estrofas 9 y 10 es tratada como medio de venganza, pues gracias a ella se obtendrá la libertad.

El tercer tema es la corrupción europea. Desde la primera a la sexta estrofa se describe a Europa como un lugar lleno de lujos, pero dominado por gente débil e incompetente. En la octava estrofa se explica que bajo el dominio de los cosacos, Europa no estaría en esa situación. Finalmente se afirma que la corrupción regente en el continente es la causa de los males de los cosacos y que por tanto debe eliminarse (estrofas 9 y 10).

En último lugar aparece el tema del honor y la patria, desarrollado en la estrofa 8 bajo la afirmación de que muchos nobles caballeros defendieron el honor de Polonia y se cubrieron de gloria. En las dos siguientes estrofas (9 y 10) el honor de la patria y de todos aquellos que han luchado por ella es mancillado por Europa, y es debido a eso que se llama a la rebelión. En la estrofa número 12, se expone que Polonia recuperará su esplendor gracias a dicha rebelión.

 

En el plano de la sintaxis podemos apreciar el uso de la yuxtaposición en los versos 29 al 32 y 106 al 108. Con este recurso, el autor dota a la composición de tranquilidad, orden y firmeza, lo que vuelve a realzar la figura del coronel o sargento como voz poética. Además de oraciones yuxtapuestas, podemos encontrar otros elementos como la elipsis en el último de los versos que componen el estribillo (de los grajos su ejército festín), omitiendo el verbo ser, utilizado en el verso anterior. La elipsis aporta cierto ritmo y agilidad al poema al despojarlo de un componente que no es necesario añadir puesto que se sobreentiende. Para terminar con este ámbito, cabe destacar la aparición de polisíndeton, y anáfora a su vez, desde el verso 113 hasta el 115, con el empleo reiterado de la conjunción “y” a principio de verso. Este recurso se utiliza con el fin de mostrar un cambio en la expresión de los sentimientos: mayor agitación y emoción, rompiendo con esa calma y seguridad que otorgaba la yuxtaposición.

 

Es remarcable el empleo reiterado de ciertas palabras, pues su repetición hace que estas adquieran un significado más profundo. Para empezar tenemos la interjección “¡Hurra!” en el estribillo y en otros versos como el 5, 23, 33, 93 y 95. Este vocablo se emplea como aliento a los cosacos para lanzarse a la guerra. Otro término recurrente es “caballos” (versos 5, 24, 45, 95 y 120), en referencia a la guerra, debido a que el caballo era el medio en el que los soldados iban a luchar, como a la nobleza, pues a la clase más aristócrata se la relaciona con la elegancia del andar del caballo. También puede hacer alusión a las formas de conquista propias del medievo. Las palabras “oro” (versos 17, 21 y 68) y “sol” (versos 12, 18 y 67) se relacionan con Europa, la describen como una región repleta de riquezas y lujos a la vez que llena de luz, alegría y calidez. Estos términos pueden ser utilizados como contraste con la situación de los cosacos. En último lugar podemos destacar la palabra “sangre” y derivados como “sangrientos”, presentes en el estribillo y en los versos 43, 84, 92 y 103. La constante aparición de estos vocablos tiene como finalidad enfatizar que la sublevación conlleva un coste humano: muchos caerán, pero lo habrán hecho por la patria.

 

En las líneas siguientes se analizarán y comentarán las figuras retóricas más representativas y destacables del poema.

Para empezar, el hipérbaton se usa en numerosas ocasiones (estribillo y versos 22, 48, 60, 81, 82 y 108) lo que aporta cierto ritmo al poema al mismo tiempo que da un toque arcaizante al poema, rasgo muy propio del Romanticismo al evocar tiempos pasados, especialmente la Edad Media.

Podemos localizar varias metáforas: son sus hembras celestes serafines (verso 11), aquí ensalza la belleza y condición de las mujeres europeas, equiparándolas a ángeles del cielo; cielo de zafir (verso 12) utilizada para resaltar el brillo azul del cielo europeo relacionándolo con una piedra preciosa como es el zafiro.


A continuación, observamos un gran número de símiles: en el verso 33 (cual juguetes de niños rodarán) compara las coronas y cetros de los reyes con meros juguetes, afirmando que estos atributos han perdido todo valor y credibilidad como consecuencia de la corrupción del sistema vigente en Europa; en el verso 42 (cual tigres que devoran su ración) donde relaciona la crueldad característica de los cosacos en el campo de batalla con un animal tan feroz como el tigre, para exaltar la tremenda brutalidad que los rebeldes mostrarán en la guerra; en el verso 54 (como nubes en negra confusión) en el que se equipara la técnica ofensiva de los cosacos con las nubes, lo que destaca la agilidad de estos en combate.

Igualmente podemos apreciar personificaciones, como en el verso 70 (yerta a sus pies la tierra enmudeció), pues le asigna a la tierra las capacidades de enmudecer y yacer muerta con el fin de expresar el respeto, e incluso miedo, que Europa siente por los cosacos; o en los versos 87 y 88 (¡Qué! ¿No sentís la lanza estremecerse, / hambrienta en vuestras manos de matar?) pues a la lanza se le atribuyen las cualidades de estremecerse y sentir hambre de matar. Con esto el autor, pretende describir la sed de venganza por el honor mancillado de la patria por Europa.

Encontramos una enumeración en el noveno verso (Casas, palacios, campos y jardines), insertada por el autor para proporcionarle musicalidad al poema.

Por último, no debemos pasar por alto las incontables exclamaciones e interrogaciones retóricas salpicadas por todo el poema. Estos recursos proveen a la composición de una carga dramática que se vincula a la ya mencionada voz poética.

 

A partir de todos los rasgos analizados, me gustaría concluir este comentario afirmando que El canto del cosaco es un poema que recoge de forma precisa y completa los rasgos fundamentales del Romanticismo español: nacionalismo, libertad y rebeldía. Presenta muchas similitudes con otro poema de Espronceda: La canción del pirata, por ese canto a la libertad. Finalmente, en mi opinión personal, considero que trabajar este poema me ha ayudado a saber identificar de un modo más analítico las características de un movimiento literario concreto, en este caso del periodo romántico, al mismo tiempo que me ha mostrado los puntos claves que debe tener un comentario de texto. Sin duda, he aprendido mucho y aplicaré todo lo aprendido en futuros trabajos.

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