martes, 22 de febrero de 2022

Comentario de texto: "Día de difuntos de 1836", de Mariano José de Larra

 


De nuevo, os traigo otro comentario de texto, esta vez del conocido artículo "Día de difuntos de 1836" de Larra, por mi alumna Marina Eiriz Zarazaga. Siempre he considerado este texto uno de los más claros ejemplos de cómo el Romanticismo negativo tuvo especial calado en España durante la década de 1830, y el análisis que a continuación veréis se presenta bastante certero. Espero sea de utilidad. 


1.      El autor de hojas cotidianas

 

     Mariano José de Larra nació en 1809 y se mató de un pistoletazo en 1837. Su niñez comienza en lengua española para pasar pronto a la francesa: emigra a Francia junto a su padre, médico al servicio del ejército de Napoleón, y allí permanece hasta la amnistía de Fernando VII en 1818, cuatro años después de la derrota napoleónica en la Guerra de la Independencia (1808-1814). Ya en España, Larra inicia sus estudios en diferentes colegios, teniendo que hacer frente a la connotación negativa de la palabra afrancesado, a la fobia tan generalizada contra todo lo gabacho (Rubio, 14). Su temprana vocación literaria se demuestra con su fundación, a los diecinueve años, del periódico El duende satírico del día (1828), donde se estrena con su artículo El café. No obstante, dicha publicación desaparece pronto por problemas de financiación y de censura. En este último aspecto Larra tendrá que ser muy cuidadoso, pues escribe en una época en que la censura absolutista, aliviada en cortos periodos liberales, actúa como un freno implacable (Rubio, 76). No se da por vencido, y después de pasar unos años traduciendo y adaptando obras teatrales francesas, entre 1832 y 1834 edita la revista El pobrecito hablador, donde nace el seudónimo de Fígaro (Rubio, 13-17).

     La actividad periodística de Larra es incesante; gracias a ella nuestro autor ha pasado a ocupar una de las más altas cimas de la literatura española. Aunque también destaca su Doncel de don Enrique el Doliente en novela histórica o su Macías en teatro, además de incursiones en poesía, Larra lleva su maestría a un género de vital importancia en la época, por su mayor accesibilidad, como es el artículo de periódico. A este respecto, Azorín se muestra muy sagaz cuando señala que, en Larra, “lo definitivo se cambia en lo efímero, y lo efímero se convierte en lo definitivo. La sensibilidad de Larra evoluciona dentro y a lo largo de esas hojas cotidianas y volanderas” (10). Dicha sensibilidad es lo que hace a Larra apartarse de los típicos cuadros de costumbres que llenaban la prensa del siglo XIX; los artículos de Fígaro, muchos de ellos también llamados de costumbres, derivan hacia una sátira política y social que nada tiene que ver con aquellas descripciones pintorescas y asépticas de los tipos españoles (Rubio, 38).

     La desesperanza ante tanta ramplonería, unido al despecho de su amada Dolores Armijo, llevan a Larra finalmente al suicidio, pero su figura será recuperada por grandes escritores como Benito Pérez Galdós, en sus Episodios Nacionales; la Generación del 98 hará suya su actitud, a su suicidio se refiere La detonación de Antonio Buero Vallejo, y con su estilo de vida creará Larra, anatomía de un dandy Francisco Umbral.

 

 

2.      El convulso Romanticismo

 

     La vida y producción escrita de Larra constituyen el paradigma del espíritu del nuevo periodo artístico del siglo XIX: una apasionada exaltación de lo natural en la que había desembocado el racionalismo dieciochesco. Así, el Romanticismo se considera reflejo de las convulsiones sufridas por una sociedad occidental que le daba la bienvenida a un nuevo estado burgués. Las antiguas certezas de un sistema estamental se derrumban; bajo el nuevo “cielo sin dioses” se desarrollará la libertad limitada de un individuo que defiende su creación artística y que es responsable de su libertad, pero que cae en la frustración al percibir la alienación de la realidad. Esto conduce a un existencialismo angustiado, que será clave en Larra, así como a la máxima importancia de los sentidos y de la irracionalidad ante una sociedad demente de racionalismo, o al apego a la naturaleza primitiva frente a las convenciones, aspecto anticipado ya por Rousseau (Pedraza y Rodríguez, 194-197)

     En definitiva, el autor romántico que bien encarna Larra, “parece enajenado, volcado en el discurso y dominado por él”, mientras que “el arte dieciochesco, en cambio, pretendía estar por encima del discurso, reglándolo y acomodándolo a unos fines previos” (Pedraza y Rodríguez, 196): en el Romanticismo, el caos impregna tanto el fondo como la forma de las composiciones artísticas.

 

 

3.      Fígaro en el cementerio

 

     El día de Difuntos de 1836 apareció por primera vez el día 2 de noviembre del año que señala su título, entre las páginas del periódico El Español, calificado por el propio Larra como el mejor de su género en Europa (Rubio, 52). Resulta curioso señalar que El Español comenzó a publicarse el 1 de noviembre de 1835: justamente el día de Difuntos del año anterior al plasmado por Fígaro en su escrito de 1836.

 

3.1. Amargo 1836

 

     Conviene realizar previamente varias aclaraciones históricas, pues 1836 es un año clave en la vida de Larra y del resto de España.

     Nos encontramos en plena guerra carlista, cuya mecha prendió en 1833: la crisis sucesoria por la muerte de Fernando VII desembocó en el enfrentamiento de los absolutistas partidarios de su hermano Carlos -a quienes Larra no pierde la ocasión de atacar en su artículo- y los liberales que apoyaban a su hija Isabel -estos últimos divididos internamente en moderados y progresistas- (Pedraza y Rodríguez, 200-201).

     En cuanto a la política, en 1835 el progresista Mendizábal había subido al poder. Larra, una vez desengañado ante la prometida desamortización que acaba siendo en beneficio de las clases más enriquecidas, y ante la incapacidad del gobierno por resolver la guerra civil, se inclina por el partido moderado de Istúriz, siendo incluso elegido diputado en las elecciones de agosto de 1836. Por desgracia para Larra, el Motín de La Granja dejó sin efecto dichas elecciones (Rubio, 20).

     Por tanto, el año 1836 marca un hondo proceso de desaliento e insatisfacción en la vida de Larra, que cae en una definitiva melancolía existencial, pero desde este hondo pozo logrará hacer salir a la superficie uno de sus artículos más extraordinarios.

 

3.2. El cementerio-Madrid. Análisis estructural, temático y estilístico

 

     Siguiendo la inevitable intertextualidad de todo escrito, El día de Difuntos de 1836 parece estar influido por el artículo Les Sépultures del costumbrista francés Étienne de Jouy, donde igualmente se reflexiona sobre la muerte mientras se leen los epitafios de un cementerio. Sin embargo, Larra plasma su singular visión al mostrar un dolor y una amargura que se aparta de toda simple descripción (Rubio, 87). Y es que en este día de Difuntos, Larra expresa su melancolía existencial y desesperanza ante el inmenso cementerio en el que se ha convertido una sociedad de muertos en vida; cementerio donde, finalmente, descubre que también yace su propio corazón.

 

     Antecediendo al cuerpo del artículo, Larra coloca un versículo del Apocalipsis: “Beati qui moriuntur in domino” (14:13), con el que se nos anuncia ya el tono desengañado con la realidad que se va a intensificar a lo largo de la narración.

     Los primeros párrafos del artículo constituyen la introducción en la que Fígaro[1] comenta sus reflexiones previas al paseo por el “gran osario” que es Madrid. En primer lugar, entre algunas breves digresiones que critican la falta de memoria de su época o, indirectamente, una obra teatral (El Califa), Fígaro se retracta de su asombro e ilusión de tiempos pasados para transmitirnos con ironía su incomprensión de que, en un día de Difuntos, haya tanta gente viva. De inmediato cae en una melancolía abrumadora. Para hacernos idea de ella, recurre a un amplio periodo sintáctico formado por una enumeración yuxtapuesta de oraciones mediante el recurso estilístico del isocolon. En dichas oraciones también se aprecia la técnica de la quiebra del sintagma, tan característica de Larra, imponiendo un irónico carácter restrictivo al primer término (por ejemplo, este es el caso de “un militar que ha perdido una pierna por el Estatuto, y se ha quedado sin pierna y sin Estatuto”). En cuanto al contenido, toca temas contemporáneos de gran importancia, como en la referencia sarcástica al conflicto carlista: un tal Gómez mencionado fue el protagonista de la llamada Expedición Gómez, en la que emprendió un sorprendente recorrido por gran parte de España mientras era sometido a una permanente pero infructuosa persecución por las tropas isabelinas (Rubio, 393, n. 423). De este vergonzoso episodio hace burla Fígaro en varias ocasiones, destacando la parsimonia de dicha persecución (“… con la misma calma y despacio como si tratase de cortar la retirada a Gómez”, dirá más adelante). También, con “un redactor del Mundo en la cárcel en virtud de la libertad de imprenta” se está aludiendo, sin dejar el sarcasmo, a ese derecho tan maltratado por la férrea censura.

     En definitiva, se enuncian en este gran periodo sintáctico motivos que después aparecerán bajo las lápidas del cementerio. La tensión entre las oraciones mantiene al lector en vilo hasta la distensión final, donde se concluye que la melancolía del autor es mucho más angustiosa que aquellas que se han nombrado; la suya es una melancolía existencial, que se eleva por encima de las situaciones concretas porque atrapa por completo al ser, asfixiándolo y dejándolo sin escapatoria posible. Esta angustia existencial ha enunciado un sentimiento capital en el artículo.

 

     Entonces, después de una nueva digresión que critica la corrupción del gobierno, empiezan a sonar las campanas. El toque de difuntos es descrito, en una bella expresión, como “el bronce herido que anunciaba con lamentable clamor la ausencia eterna de los que han sido”. Para Fígaro, las campanadas son el “estertor de moribundo”; quizás se le antojen más lúgubres que ningún año porque también están anunciando el final de su propia existencia, como después veremos.

     De repente, en medio del clamor de las campanas, nuestro autor parece salir de su retraimiento y se lanza a la calle, a decirles unas cuantas verdades incómodas a “los que creen vivir”. Aquí comienza la parte capital del artículo, por lo que podría decirse que el toque de difuntos de las campanas actúa como enlace entre la melancolía solitaria inicial y el paso a la acción; entre la reflexión interna y la actuación externa. Los pensamientos desordenados se transforman ahora en un discurso tejido en torno a la alegoría clave del cementerio-Madrid (el simbolismo es clave en el movimiento romántico) donde el cementerio no está fuera sino dentro de la propia ciudad; es la ciudad misma, son sus habitantes, porque cada institución social es un sepulcro y cada calle concurrida, un osario. Con esta serie de metáforas encadenadas, Fígaro realiza una crítica feroz a una sociedad degenerada que cree que vive cuando en realidad está más muerta que los propios muertos: como señala en su grito de alarma a los paseantes que tan tranquilamente salen para ir al cementerio, paradójicamente los muertos son los que “viven, porque ellos tienen paz; ellos tienen libertad, la única posible sobre la tierra, la que da la muerte […]; ellos no son presos ni denunciados; ellos son los únicos que gozan de la libertad de imprenta, porque ellos hablan al mundo.” Además de volver a tocar el tema de la libertad de imprenta, revelando con amarga ironía que esta solo existe en la muerte, en este fragmento se aprecia con claridad por qué Larra escogió aquella frase del Apocalipsis: se concibe la muerte como liberación de las convenciones sociales a las que se ha sometido la vida. Este es un tópico muy acorde con el espíritu del Romanticismo, igual que la reivindicación de la naturaleza frente al artificio de la sociedad, con la que termina su brillante intervención: “[los muertos], en fin, no reconocen más que una ley, la imperiosa ley de la Naturaleza que allí les puso, y esa la obedecen”. Es el conflicto eterno planteado ya desde los antiguos griegos[2], entre leyes naturales y leyes creadas por la civilización.

     Fígaro prosigue con su grito de alarma que, desagraciadamente, no será escuchado por ninguno de aquellos sonámbulos. Ahora deja de dirigirse a los individuos para encararse con las instituciones: el Palacio, los Ministerios, la Bolsa, la Cárcel, la Imprenta Nacional, los Estamentos de Próceres y Procuradores… todos aquellos pilares de la sociedad duermen eternamente en sus sepulcros. En este aspecto, Fígaro se sitúa plenamente contrario a la vertiente conservadora o positiva del Romanticismo, al denunciar el absurdo de los ideales de los que aquella hacía depender el sentido de la civilización: tanto los ideales como el sentido han muerto. Este planteamiento de Fígaro podría ser incluso revolucionario en el momento en el que niega el mundo metafísico al que parecen haberse elevado las grandes instituciones sociales: el protagonista se burla de todas esas instituciones que tanto se empeñan en parecer inmutables, invencibles y eternas, cuando están igualmente sometidas al tiempo y a la historia; esto nos lo demuestra arrancándolas de entre las nubes del idealismo para meterlas, de lleno, en la realidad material de una tumba, con la verdad desnuda de sus epitafios a la vista y juicio de los paseantes; por desgracia, parece ser que el único viandante capaz de leer los epitafios es Fígaro.

     Dichos epitafios hacen referencia al contexto histórico de la época. Entre los más relevantes está el de los Ministerios: “Aquí yace media España; murió de la otra media”, que en la época aludía a la guerra civil carlista; o el epitafio del Estamento de Próceres (situado en el convento de Doña María de Aragón), que hace una referencia la trienio liberal: “aquí yacen los tres años” (1820-1823), periodo en el que se restableció la Constitución de Cádiz, ese “cuerpo de santo” que finalmente acabó aplastado por los Cien Mil Hijos de San Luis (Pedraza y Rodríguez, 200). También, en su visita crítica al cementerio-ciudad de Madrid, Fígaro contempla la tumba de la Inquisición, que murió de vieja (1478-1834) junto a la cárcel donde reposa la libertad del pensamiento: de nuevo una denuncia a la aplastante censura. Tras el pareado con el que completa el epitafio (“aquí el pensamiento reposa / en su vida hizo otra cosa”), Fígaro sale a los osarios de las calles hasta llegar a la Puerta del Sol: “esta no es sepulcro sino de mentiras”.

     Haremos una pausa en esta plaza para comentar que su aparición en la prensa costumbrista era constante: el movimiento literario del costumbrismo había alcanzado su máximo esplendor en el Romanticismo, y uno de sus observatorios preferidos para contemplar los diversos personajes-tipo españoles, con los que se afirmaba la identidad nacional, era precisamente la Puerta del Sol[3] (Rubio, 129, n. 13). Pero Larra conoce las mentiras de este patriotismo complaciente y superficial, en cuyo fondo se resguarda una indolencia antipatriótica; él, a quien todos corrían a colgarle el marbete de afrancesado, sabe que el verdadero patriota no es el que acepta lo español meramente por el hecho de serlo, sino el que sigue la verdad hasta el final y descubre que la sociedad, “lejos de redimirse […] se hunde irremisiblemente” (Rubio, 75).

     Fígaro acaba su paseo por el gran cementerio refiriéndose, indirecta y no casualmente, a ese acontecimiento que tanto lo marcó: el Motín de La Granja de 1836, que lleva a la tumba al Estatuto Real de 1834, y con él, a la división bicameral en Próceres y Procuradores. En el epitafio de esta última cámara es donde se dice, recurriendo a otro pareado octosílabo, “aquí yace el Estatuto / vivió y murió en un minuto”: apenas dos años.

 

     Tras este último sepulcro, Fígaro se detiene y contempla con amargura el cementerio-Madrid en su conjunto. En esta última parte del artículo se nos recrea a la perfección la estética del terror típicamente romántica: como en un lúgubre cuadro, asistimos al frío anochecer en el cementerio entre los aullidos de los perros que presagian esa muerte próxima que ya se huele. Todos los sepulcros en los que Fígaro se ha detenido se convierten en una ancha tumba sobre la que desciende una inmensa lápida. Fígaro, entonces, escupe con desaliento palabras vacías que ya no significan nada: libertad, constitución, opinión nacional… abstracciones que tienen su epitafio de la vergüenza y la discordia en el cementerio. “Todas estas palabras parecían repetirme a un tiempo los últimos ecos del clamor general de las campanas del día de Difuntos”.

     Este último comentario es clave, pues se nos dice que el paseo de Fígaro por el cementerio ha sido una ensoñación: todo ha ocurrido mientras las campanas daban el toque de Difuntos, que para Fígaro son los grandes ideales e instituciones de España; estos, mientras iban pasando por su cabeza, iban transformándose en la sagaz alegoría que se nos ha mostrado. Por tanto, las campanas no solo sirven de nexo entre las reflexiones iniciales y la ensoñación alegórica del cementerio-Madrid, sino que también son las que dan paso ahora a la terrible conclusión: se confirma que su toque es más lúgubre que ningún año, porque está augurando la muerte del propio Fígaro. Este desea “salir violentamente del horrible cementerio” que lo oprime como miembro de la sociedad, y para ello, su única escapatoria es refugiarse en sí mismo, en su corazón. Desagraciadamente, al igual que se dijo al comienzo del artículo -que por tanto presenta una estructura circular-, Fígaro ya no se asombra de la vida; una nube sombría ha oscurecido sus antiguas ilusiones y deseos. No hay refugio, ni siquiera en la propia persona. El malestar social penetra como un gusano en el corazón del individuo, convirtiéndolo en otro sepulcro; quizás, en el más terrible de todos, porque en él se ha perdido finalmente lo único que Pandora logró retener en su caja: la esperanza.

 

3.3. Conclusión. El mártir del Romanticismo.

 

     “Larra se mató porque no pudo encontrar la España que buscaba, y cuando hubo perdido toda esperanza de encontrarla”, dijo Antonio Machado (cit. por Escobar). En pleno ambiente simbolista del Romanticismo, Larra se convierte en símbolo del mártir de la sociedad. Inmediatas necrologías contribuyen a su canonización como héroe romántico por antonomasia; y es que, situado entre la rebeldía y la melancolía, Larra había entrado en el callejón sin salida de la desesperanza: “la autocrítica satírica, que pone de manifiesto los vicios más profundos de su propia clase, pero que no puede ofrecer salida alguna, se vuelve desesperación”, como ya señaló Georg Lukács (cit. por Escobar).

     El día de Difuntos de 1836 refleja el ánimo amargo de Larra a tres meses de su suicidio. Es el relato de quien, en su sincero patriotismo, sufre hasta morir por los males de España: por sus corruptelas y abusos, sus palabras vanas y apariencias hipócritas, su ignorancia y ramplonería. Siempre siguiendo sus principios liberales, Larra hace suya la definición de Spinoza del alma como la suma de todas nuestras percepciones, para presentarnos, a través de su pseudónimo Fígaro, una crítica profunda del alma de la sociedad española como resultado de su observación de la realidad. Este último acto empírico es clave en el Romanticismo, pero con Larra se distancia de la descripción aséptica de sus compañeros costumbristas; a partir de la observación de las costumbres, la historia y la política, Larra se eleva hasta palpar el fondo más putrefacto de lo que a simple vista parece ser una inocente tradición, atacándolo con todos los sarcasmos, amargas ironías y juegos de palabras necesarios para burlar la censura del momento. Y es que “hablamos, al mentar a Larra, de sensibilidad, y eso es, en efecto, Larra entero: una sensibilidad agudizada, exaltada” (Azorín, 10). Además, su prosa es “limpia, clara, sin rezumos pedantescos” (12). Desde el primer momento se aprecia que sus escritos no son el resultado de frías y distantes meditaciones, pues en Larra “estamos en contacto con la sensación misma” (Azorín, 12). El tono patético-declamatorio de su escritura es una constante llamada a la libertad y un reto para el lector que pretenda encasillar rígidamente su estilo, que en su desbordamiento de expresión incluye recursos paremiológicos[4], pareados, digresiones, símbolos románticos, descripciones sarcásticas, diálogos combinados con reflexiones profundas que se transforman en las más brillantes alegorías… y todo ello puede ocurrir, como en este día de los Difuntos, mientras repiquetean las campanas.

 

 

 

Bibliografía citada

 

Azorín [José Martínez Ruiz], editor. “Comento a Larra”. Artículos de costumbres, Mariano José de Larra, Colección Austral, Espasa-Calpe S.A., Madrid, 1980, pp. 9-13.

 

Escobar, José. Larra: esperanza y melancolía, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, 2003, http://www.cervantesvirtual.com/bib/bib_autor/larra/autor.shtml.

 

Pedraza Jiménez, Felipe B. y Milagros Rodríguez Cáceres. “El Romanticismo”. Las épocas de la literatura española, Ariel, Planeta S.A., Barcelona, 2012, pp. 193-219.

 

Rubio, Enrique, editor. Introducción y notas en Artículos, Mariano José de Larra, Cátedra Letras Hispánicas S.A., Madrid, 1988.



[1] Llamaremos al narrador homodiegético interno Fígaro por creer sus pensamientos plenamente identificados con el pseudónimo que habla por nuestro autor en la mayoría de sus artículos (y que en este se manifiesta ya con el subtítulo de “Fígaro en el cementerio”).

[2] Antígona de Sófocles ya plantea la lucha entre leyes divinas (naturales) y leyes humanas (artificiales).

[3] Tal y como se refleja en el artículo del costumbrista Mesonero Romanos, cuyo título incluye el nombre de dicha plaza: Observatorio de la Puerta del Sol.

[4] Por ejemplo, en El día de Difuntos de 1836, “el sabio en su retiro y villano en su rincón”.

lunes, 21 de febrero de 2022

Comentario de texto: Dios, de Gabriel García y Tassara


 Comparto aquí el comentario de texto del poema "Dios", de Gabriel García y Tassara, que ha realizado una de mis alumnas, Lucía Jiménez Gavira. Espero sea de ayuda a futuros alumnos y estudiantes en general que quieran realizar trabajos similares. 


COMENTARIO DE UN TEXTO ROMÁNTICO. Dios, por Gabriel García y Tassara. Texto en línea: https://sirio.ua.es/libros/BFilosofia/poesias_tassara/ima0028.htm

 

Nos encontramos ante un poema del autor Gabriel García Tassara (1817-1875) cuyo título es Dios y forma parte de sus Poesías, publicadas en periódicos y diarios como El Correo Nacional, Semanario Pintoresco o El Heraldo, entre otros, aproximadamente desde 1838 hasta 1850.  Es una obra que, por la franja cronológica en que fue publicada, se adscribe al Romanticismo. De igual manera, debemos considerar que el corpus completo no sería publicado hasta 1872, y dentro del mismo, este poema pertenece a sus poesías líricas.

 

Esta producción pertenece al subgénero de la oda, por su contenido religioso y reflexivo: el tono que adopta la voz poética es intimista a la vez que apasionada. En cuanto a su intertextualidad, encontramos en Tassara una composición acorde al movimiento en que este desarrolla su obra, si bien muy influyente en la expresión y forma, el autor mantiene ciertos elementos clásicos como la importancia de la rima y el esquema métrico, probablemente, con una relación directa con el Neoclasicismo que le precedió. También esta influencia la condicionan autores anteriores de notable similitud en el estilo y forma de su obra, como es por ejemplo Fernando de Herrera, poeta culto del Siglo de Oro español que destacó por la simbología y el carácter perfeccionista en la métrica del mismo. Asimismo, Dios presenta aspectos del Romanticismo español más estrechamente ligado al modelo romántico europeo, como la exaltación sentimental, la melancolía y la sublimidad, en este caso, que la voz poética muestra hacia lo divino, o el fuerte idealismo del poema, en consonancia con la figura de su autor (además de literato, Tassara fue un importante político de tendencia conservadora,  periodista y diplomático). Esta última profesión aguarda una relevancia particular para su literatura dado el contacto que mantuvo con el resto de culturas de la época: las relaciones con países extranjeros eran constantes (esto es muy significativo dada la singularidad con que cada corriente artística se manifiesta en cada territorio). De esta forma, la composición está perfectamente vinculada al contexto histórico y artístico en que aparece, tanto por los aspectos temáticos, como por su autor y estilo. Este tipo de poemas serán muy influyentes en la poesía intimista posterior: el tono apostrofado y afligido de esta composición nos recuerda a las conversaciones poéticas de Unamuno, que interpela a Dios con vehemencia y cuyas pretensiones se dan en el alcance de la fe, o el carácter exaltado en la poesía de Dámaso Alonso en su obra Hijos de la ira.

 

De nuevo refiriéndonos a la voz poética, podríamos considerar a Tassara el sujeto que habla en el poema, tal vez por la importancia que presenta la religión como uno de los temas principales de su producción a la vez que es uno de los pilares de su postura ideológica, la cual hemos visto que estuvo patente en toda su obra. Las preocupaciones relativas a la cuestión de la fe están presentes en una parte fundamental de la literatura de este autor, por ello me parece común que tanto Tassara como sus coetáneos se implicaran por completo en este tipo de cuestiones, como para llegar a interpretar ellos mismos este sujeto poético.

            Por otra parte, se dirige al propio lector, con formas verbales imperativas (mírale, niégale, oye…) en la primera estrofa, a Dios, con apelaciones, y al hombre  que no cree en este, en las estrofas segunda y tercera. No obstante, debemos tener en cuenta que esta voz poética tiene en todo momento un carácter reflexivo y que trasciende al resto de destinatarios.

 

El tema de la composición aparece indicado en el rótulo de la misma: Dios. Presenta el asunto principal del poema en su totalidad, de forma breve con un único término que alude al ser beatífico. Esta es una de las claves para la lectura de esta pieza, pues desde el principio indica hacia donde se orienta el contenido del mismo. Además esta palabra se repetirá a lo largo de las estrofas, por una parte para dirigirse a este y por otra para destacar la importancia que el autor le otorga a esta entidad. De este modo, aparece la cuestión espiritual para reflexionar sobre la pureza del ser divino y la desdicha a la que se enfrenta el hombre que no cree en su existencia. Esto, como señalaba antes, presenta una cierta analogía con la novela unamuniana de mayor  renombre, San Manuel Bueno, mártir.

En cuanto a la estructura externa de este poema, nos encontramos con tres estrofas de seis versos alejandrinos cada una. La rima es consonante y presenta el esquema AABCCB. La utilización de este esquema podría deberse al carácter grandilocuente de la materia en el caso de los versos alejandrinos y el compás continuado que aparece poema. Por otro lado, en la estructura interna del poema diferenciamos tres partes que coinciden con la división estrófica del autor. En los primeros seis versos vemos desde los ojos de la voz poética una aparición de Dios en el cielo; la segunda estrofa muestra como este se va acercando a lo terrenal y muestra su potestad ante el mundo como vemos [«Levántate» le dice al aquilón postrero (para referirse al viento septentrional que espera lo más alejado del mundo) en los versos 10-12]; en la última estrofa, el autor juzga al hombre infeliz y apela a Dios, que es igual de suyo que del ateo (verso 17) para luego entregarle su alma.

 

Con respecto al análisis formal de este poema, el primer verso presenta de parte de la voz poética una apelación con tono imperativo («Mírale […] niégale»), tratando de mostrarle al destinatario a Dios. Luego, resalta la trascendencia de este, quien dirige el cielo y lo terrenal, refiriéndose a esto último con una sinécdoque ‘el profundo’ en el segundo verso. El empleo de esta figura es sustancial a nivel semántico y podría deberse a la referencialidad del mundo terrenal como un territorio de índole inferior al cielo, y esto se realiza con el procedimiento anteriormente comentado. Asimismo, en el plano fónico se sirve para adecuar el verso a las exigencias rítmicas que hemos visto en la estructura externa. A continuación, el tercer verso guarda una referencia a la rapidez con que este se desplaza  por el cielo, pudiendo ser esto una alusión a su omnipresencia. Posteriormente, vemos en el cuarto verso una anáfora (Mírale) que ya aparecía en el primero y finaliza con un hipérbaton como vemos: ‘carro de arrebatadas nubes’. La anáfora tiene un papel muy importante en el plano fónico pues le da una relevancia especial al gesto que acompaña en cada verso en que aparece: en esos versos el elemento principal de los mismos es la acción de la que habla la voz poética. En el verso siguiente, se repite la anáfora antes comentada, seguida de un hipérbaton ‘espléndidos querubes’. Estas líneas nos muestran cómo aparece Dios elevado en el cielo. Para terminar la primera estrofa, encontramos una metáfora en la que el trueno hace de la voz de lo divino, y de nuevo, un hipérbaton ‘su omnipotente voz’. Este procedimiento expresivo es muy interesante de analizar pues aparece repetidas veces a lo largo de la composición y a nivel sintáctico, trata de dar una mayor solemnidad a las estructuras que la presentan, quizá por influencia latina, a la vez que responde a las exigencias de la rítmica del plano fónico del poema.   

 

En la segunda estrofa hallamos en primer lugar una sucesión de preguntas sobre las acciones de Dios ‘¿Adónde va? ¿Qué dice?’, precedente a una sencilla afirmación «Como le ves ahora». Para comprender estas palabras debemos considerar los dos versos siguientes, donde emplea el recurso del hipérbaton ‘la suprema hora’ y ‘precipitando mundo bajo sus pies vendrá’. Lo que quieren decir estas líneas, es que Dios se mostrará de igual manera en ese momento que en otros de destrucción y angustia: omnipotente y superior al resto de asuntos. Los versos siguientes son otra muestra del poder divino: el aquilón postrero soplará cuando Dios así lo pida, y el mundo acabará. Así, encontramos figuras como la prosopopeya ‘aguarda’ en el verso 10, y ‘levántate’ en el 12, con verbos dirigidos a este viento. Esto es algo que debemos destacar en el plano morfosintáctico, pues el término que utiliza para aludir a este fenómeno junto al empleo de la figura que hemos visto antes, refuerzan esta personificación, y Dios se dirige a este con peticiones, como si de una persona se tratara.

 

La última estrofa comienza en sus dos primeros versos con una apelación hacia el hombre  ateo y lo trata de desdichado con exclamaciones retóricas, interjecciones como «¡Ah!», y adjetivos despectivos como miserable y desventurada. El verso siguiente es sucesivo en la idea a los dos previos y alude de nuevo a ese hombre que no cree en Dios y «no levanta al cielo sus ojos y su voz». En esta línea hallamos un hipérbaton, cuya significación comentaba antes. A continuación, vemos en el verso 16 varias exclamaciones referidas al Señor, para  indicarle a este que la voz del poema lo ve y lo escucha, en definitiva, reafirma su convicción. El penúltimo verso de esta composición presenta la idea de la omnipresencia de Dios, tanto para el fiel (la voz poética) como para el ateo. Para ello emplea el autor el recurso del paralelismo estructural con el esquema «¡Oh tú, Dios del…!» para referirse, primero a uno y luego al otro. De este procedimiento debemos destacar que en el plano sintáctico otorga la misma importancia a los dos elementos que lo completan basándose en el contraste tan evidente que existe entre ambos. Para finalizar el análisis, el último verso muestra cómo la voz poética le entrega su ánima a Dios. Para ello se sirve de palabras claras, una petición referida a su alma («Tómala…»), y una afirmación final para volver a destacar la figura suprema de Dios.

 

En conclusión, este poema es un ejemplo paradigmático de la lírica del Romanticismo español y del estilo de Tassara. Presenta aspectos propios del movimiento artístico al que pertenece, como el tratamiento subjetivo del tema y la forma en que el autor lo ejemplifica, bien mediante las figuras retóricas que hemos comentado, o por la importancia que adquiere el idealismo para la  voz poética. Con un esquema rítmico claro y recursos claramente predispuestos como la anáfora o el hipérbaton, encontramos en esta composición un ilustre representante de la poesía romántica, a la vez que contemplamos una serie de elementos característicos de su autor como la magnitud que recibe la temática religiosa para el mismo, la forma en que estructura las partes del poema y las del contenido, o la ornamentación que recibe el léxico del poema sin prescindir del significado del mismo. 

lunes, 13 de diciembre de 2021

Una olvidada imitación del Quijote en la España de finales del XVIII

 Se ha publicado recientemente un nuevo artículo mío en el volumen 53 de la revista Anales Cervantinos: "Una olvidada imitación del Quijote en la España de finales del XVIII: El tío Gil Mamuco (1789), de Francisco Vidal y Cabasés. Contextualización y análisis". 


Podéis acceder al artículo, de manera totalmente gratuita, a través de este enlace.


viernes, 3 de diciembre de 2021

El cáncer como castigo divino en Doña Blanca de Navarra

   Se ha publicado recientemente un nuevo artículo mío en el número 4 de la revista Esferas Literarias: "El cáncer como castigo divino en Doña Blanca de Navarra, de Francisco Navarro Villoslada (1847)". 


Podéis acceder al artículo, de manera totalmente gratuita, a través de este enlace.

lunes, 4 de octubre de 2021

Un romántico en contra del liberalismo exaltado

  Se ha publicado recientemente un nuevo artículo mío en el número 19 de la Revista Historia Autónoma: "Un romántico en contra del liberalismo exaltado: el caso de Estanislao de Cosca Vayo". 




Podéis acceder al artículo, de manera totalmente gratuita, a través de este enlace.

jueves, 12 de agosto de 2021

Un andaluz responde a Washington Irving

 Se ha publicado recientemente un nuevo artículo mío en el volumen 98 (7) de la revista Bulletin of Hispanic Studies: "Un andaluz responde a Washington Irving: las Tradiciones granadinas de José Joaquín Soler de la Fuente".  


Podéis comprar el artículo a través de este enlace. Si eres investigador y lo necesitas, puedes contactar conmigo a través de este correo electrónico: javier.munozdemorales@uca.es 

miércoles, 7 de julio de 2021

Biografía y ficción

 Se ha publicado recientemente un nuevo artículo mío en el volumen XLV (1) de la revista Lexis: "Biografía y ficción: la novela El rey de Sierra Morena, de Manuel Fernández y González (1874)". 


Podéis acceder al artículo, de manera totalmente gratuita, a través de este enlace.

Un nuevo club de lectura online sobre literatura en español

Desde hace un tiempo llevo dándole vueltas a una idea que había puesto en práctica de manera bastante informal con algunos estudiantes de li...