martes, 22 de febrero de 2022

Comentario de texto: "Canto del cosaco", de José de Espronceda

 


El comentario de texto que a continuación os traigo es de una de las Canciones de Espronceda, el "Canto del Cosaco", por mi alumno Francisco José Holgado Aguilar. 


CONTEXTUALIZACIÓN

 

José de Espronceda (1808-1842) es uno de los autores básicos para entender el Romanticismo español. Vivió el convulso periodo histórico y político que abarca la primera mitad del siglo XIX (la guerra de la independencia, la inestabilidad política con Fernando VII, las guerras carlistas, etc.) el cual jugó un papel importante a la hora de confeccionar su obra. A pesar de la inestabilidad de la época, Espronceda se mantiene fiel a sus convicciones y tiene por bandera la libertad, plasmándose en muchas de sus composiciones como El canto del cosaco.

 

Espronceda compone este poema en 1838 siguiendo el modelo de Ossián durante su estancia en Londres, en la que se ve influenciado por la lectura e imitación masiva de este “autor”, difundido por Macpherson, que se estaba estilando en toda Europa. En lo relativo al contexto histórico y social que se dio durante la creación del poema, puede resumirse, a grandes rasgos, en el cambio de regente y por tanto de régimen, con María Cristina y los liberales; las frecuentes guerras carlistas que derivaron en una situación de alta inestabilidad política; y en el marco europeo, las revoluciones liberales de 1830.

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CAMPOS, J., Espronceda, “Un autor en un libro”, 5, Compañía Bibliográfica Española S.A, Madrid, 1963.

ESPRONCEDA, J., El canto del cosaco, Poeticus, https://www.poeticous.com/jose-de-espronceda/el-canto-del-cosaco [fecha de consulta: 20-12-2021]

Cervantes Virtual, http://www.cervantesvirtual.com/portales/jose_de_espronceda/autor_biografia/ [fecha de consulta: 20-12-2021]

GODOY GALLARDO, E., “En torno a las ‘Canciones’ de Espronceda”, Signos, 8, 1, 1975, ProQuest, https://media.proquest.com/media/ c h / p a o / d o c / d 6 0 3 - 1 9 7 5 - 0 0 8 - 0 1 - 0 0 0 0 0 2 / d o c . p d f ? hl=espronceda%2Ccanciones&cit%3Aauth=GODOY+G%2C+Eduardo&cit%3Atitle=En+torno+a+las+

%22Canciones%22+de+Espronceda&cit%3Apub [fecha de consulta: 20-12-2021]

MONTERO, R., “Ossián el mentiroso”, El País, 18-02-2006, https://elpais.com/diario/2006/02/12/eps/1139729218_850215.html [fecha de consulta: 20-12-2021]

ESPÍN TEMPLADO, MP., La presencia de las literaturas europeas en la obra de Espronceda (pp 111-119), UNED, Madrid, 2011, http://www.cervantesvirtual.com/research/la-presencia-de-las-literaturas-europeas-en-la-obra-de-espronceda-785904/94dbb52e- f789-4fb2-93b6-9759a3ba601c.pdf [fecha de consulta: 20-12-2021]

SIKORA, R., Breve historia de Polonia, Instituto Polaco de Cultura, Madrid, https://instytutpolski.pl/madrid/breve-historia-de- polonia/ [fecha de consulta: 29-12-2021]

 

 

TEMA DEL POEMA

 

El tema del Canto del cosaco es la exaltación del sentimiento amoroso hacia la patria a la vez que es una protesta contra la decadencia política y social existente en una Europa afectada por la corrupción tras la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas.

 

ESTRUCTURA EXTERNA

 

En lo relativo a la métrica, el poema está compuesto por serventesios, es decir, por versos endecasílabos de arte mayor. La rima es ligeramente irregular, pues aunque predomina la rima consonante, es posible observar que hay versos que riman de forma asonante: en la segunda estrofa, los versos 2 y 4, por ejemplo.

Es destacable comentar la peculiaridad presente en el estribillo: el primer y el tercer verso no riman, siendo el único caso de versos sueltos en el poema.

 

Por último, el narrador se incluye en la rebelión: es partícipe de la misma y anima a los cosacos a llevarla a cabo. Personalmente, me evoca a un líder militar dirigiéndose a las tropas justo antes de partir hacia la guerra.


ESTRUCTURA INTERNA

 

El poema sigue una estructura formada por siete bloques temáticos, rota por la repetición de un estribillo cada ocho versos. La división temática de El canto del cosaco es la siguiente:

En los versos correspondientes a las estrofas de la 1 a la 4, el autor realiza una descripción de Europa: lugares lujosos, bellas mujeres, riquezas, al mismo tiempo que desprestigia a los habitantes y dirigentes europeos llamándolos “cobardes” y “débiles”. Con esto, Espronceda pretende marcar un contraste con las miserias y el valor y coraje de los cosacos.

En las estrofas 5 y 6 Espronceda expresa su deseo de libertad, poniendo como medio para conseguirla la rebeldía, pues en estas estrofas se explica qué van a hacer los cosacos cuando devasten Europa: acabar con el vigente sistema europeo para aplicar el suyo propio, donde se exalta la libertad de los rebeldes.

Es en la estrofa 7 donde el autor llama a la unión de los cosacos para lograr sus propósitos, en el sentido de que la rebelión colectiva es la clave para hallar esa anhelada libertad.

La octava estrofa es una evocación de todos aquellos que en el pasado han luchado y defendido la patria por honor.

Durante las estrofas 9 y10, y en los cuatros primeros versos de la undécima, Espronceda les recuerda a los cosacos que Europa es la culpable de sus problemas y que deben recurrir a la rebeldía para alcanzar la libertad de su patria; mientras que en los versos restantes de la estrofa número 11 se refleja un sentimiento anticlerical, por la profanación de altares y elementos religiosos como el pan y el vino.

Espronceda cierra el poema alentando a los cosacos a lanzarse a la rebelión, pues, como se ha mencionado anteriormente, la unión de fuerzas derivará en la libertad y por consiguiente en la gloria de la patria.

 

 

COMENTARIO

 

El canto del cosaco es un poema del autor español José de Espronceda. Se compuso en 1838 y por tanto, se encuadra dentro del movimiento del Romanticismo, más concretamente en el subgénero de las canciones líricas, caracterizado por la influencia de Lord Byron y por la temática tan romántica que trata: rebelión contra el orden social, lo grotesco y lo marginal. La composición se construye con un tono exaltado que incita a los cosacos a rebelarse contra la opresión bajo la que están sometidos. Con respecto a su relación con los acontecimientos históricos de la época, El canto del cosaco hace referencia a la situación tan precaria por la que pasó Polonia al encontrarse completamente fragmentada. El poema es una apelación a los cosacos, guerreros bárbaros cuyos rasgos predominantes son la brutalidad y la crueldad, para levantarse contra el sistema corrupto y opresor que reinaba en Europa por aquel entonces.

 

La voz poética del poema evoca a un alto cargo militar dirigiéndose a sus tropas con el objetivo de infundirles coraje y valentía para luchar por su libertad. Esta figura de coronel o sargento al que alude el poema se intensifica también en el uso abundante del imperativo en formas verbales como gocemos (verso 18); Venid, volad (verso 53); Id (verso 57). Otro tiempo verbal predominante es el futuro para marcar los beneficios que traerá consigo la revolución. Lo podemos observar en verán (verso 94); sentiréis (verso 104); acudirán (verso 115); aprestarán (verso 120).

 

Los temas principales del texto son cuatro: la libertad, la rebeldía, la corrupción europea y el honor y la patria. A continuación desarrollaremos cada uno de ellos.

En primer lugar, la libertad, entendida como la única manera de conseguir la gloria de la patria y por consiguiente propósito principal de los cosacos. En las estrofas 5, 6, 9 y 10, se presenta como el resultado de rebelarse contra la autoridad (Europa) ya que gracias a ella los rebeldes gozarán de todo aquello de lo que se les ha privado:  riqueza, lujo, mujeres… En cambio la libertad en la estrofa 7 se representa como la


consecuencia de haber unido fuerzas en defensa del honor de la nación. En la estrofa 11 esta última idea se repite, sin embargo la libertad se presenta como recompensa por vengar a la patria. Por último, la libertad es garantía de bienestar y estabilidad tanto presente como futura en la estrofa 12.

En segundo lugar encontramos la rebeldía, expresada en las estrofas 5 y 6 como la vía necesaria para acabar con la situación de miseria de los cosacos; mientras que en las estrofas 9 y 10 es tratada como medio de venganza, pues gracias a ella se obtendrá la libertad.

El tercer tema es la corrupción europea. Desde la primera a la sexta estrofa se describe a Europa como un lugar lleno de lujos, pero dominado por gente débil e incompetente. En la octava estrofa se explica que bajo el dominio de los cosacos, Europa no estaría en esa situación. Finalmente se afirma que la corrupción regente en el continente es la causa de los males de los cosacos y que por tanto debe eliminarse (estrofas 9 y 10).

En último lugar aparece el tema del honor y la patria, desarrollado en la estrofa 8 bajo la afirmación de que muchos nobles caballeros defendieron el honor de Polonia y se cubrieron de gloria. En las dos siguientes estrofas (9 y 10) el honor de la patria y de todos aquellos que han luchado por ella es mancillado por Europa, y es debido a eso que se llama a la rebelión. En la estrofa número 12, se expone que Polonia recuperará su esplendor gracias a dicha rebelión.

 

En el plano de la sintaxis podemos apreciar el uso de la yuxtaposición en los versos 29 al 32 y 106 al 108. Con este recurso, el autor dota a la composición de tranquilidad, orden y firmeza, lo que vuelve a realzar la figura del coronel o sargento como voz poética. Además de oraciones yuxtapuestas, podemos encontrar otros elementos como la elipsis en el último de los versos que componen el estribillo (de los grajos su ejército festín), omitiendo el verbo ser, utilizado en el verso anterior. La elipsis aporta cierto ritmo y agilidad al poema al despojarlo de un componente que no es necesario añadir puesto que se sobreentiende. Para terminar con este ámbito, cabe destacar la aparición de polisíndeton, y anáfora a su vez, desde el verso 113 hasta el 115, con el empleo reiterado de la conjunción “y” a principio de verso. Este recurso se utiliza con el fin de mostrar un cambio en la expresión de los sentimientos: mayor agitación y emoción, rompiendo con esa calma y seguridad que otorgaba la yuxtaposición.

 

Es remarcable el empleo reiterado de ciertas palabras, pues su repetición hace que estas adquieran un significado más profundo. Para empezar tenemos la interjección “¡Hurra!” en el estribillo y en otros versos como el 5, 23, 33, 93 y 95. Este vocablo se emplea como aliento a los cosacos para lanzarse a la guerra. Otro término recurrente es “caballos” (versos 5, 24, 45, 95 y 120), en referencia a la guerra, debido a que el caballo era el medio en el que los soldados iban a luchar, como a la nobleza, pues a la clase más aristócrata se la relaciona con la elegancia del andar del caballo. También puede hacer alusión a las formas de conquista propias del medievo. Las palabras “oro” (versos 17, 21 y 68) y “sol” (versos 12, 18 y 67) se relacionan con Europa, la describen como una región repleta de riquezas y lujos a la vez que llena de luz, alegría y calidez. Estos términos pueden ser utilizados como contraste con la situación de los cosacos. En último lugar podemos destacar la palabra “sangre” y derivados como “sangrientos”, presentes en el estribillo y en los versos 43, 84, 92 y 103. La constante aparición de estos vocablos tiene como finalidad enfatizar que la sublevación conlleva un coste humano: muchos caerán, pero lo habrán hecho por la patria.

 

En las líneas siguientes se analizarán y comentarán las figuras retóricas más representativas y destacables del poema.

Para empezar, el hipérbaton se usa en numerosas ocasiones (estribillo y versos 22, 48, 60, 81, 82 y 108) lo que aporta cierto ritmo al poema al mismo tiempo que da un toque arcaizante al poema, rasgo muy propio del Romanticismo al evocar tiempos pasados, especialmente la Edad Media.

Podemos localizar varias metáforas: son sus hembras celestes serafines (verso 11), aquí ensalza la belleza y condición de las mujeres europeas, equiparándolas a ángeles del cielo; cielo de zafir (verso 12) utilizada para resaltar el brillo azul del cielo europeo relacionándolo con una piedra preciosa como es el zafiro.


A continuación, observamos un gran número de símiles: en el verso 33 (cual juguetes de niños rodarán) compara las coronas y cetros de los reyes con meros juguetes, afirmando que estos atributos han perdido todo valor y credibilidad como consecuencia de la corrupción del sistema vigente en Europa; en el verso 42 (cual tigres que devoran su ración) donde relaciona la crueldad característica de los cosacos en el campo de batalla con un animal tan feroz como el tigre, para exaltar la tremenda brutalidad que los rebeldes mostrarán en la guerra; en el verso 54 (como nubes en negra confusión) en el que se equipara la técnica ofensiva de los cosacos con las nubes, lo que destaca la agilidad de estos en combate.

Igualmente podemos apreciar personificaciones, como en el verso 70 (yerta a sus pies la tierra enmudeció), pues le asigna a la tierra las capacidades de enmudecer y yacer muerta con el fin de expresar el respeto, e incluso miedo, que Europa siente por los cosacos; o en los versos 87 y 88 (¡Qué! ¿No sentís la lanza estremecerse, / hambrienta en vuestras manos de matar?) pues a la lanza se le atribuyen las cualidades de estremecerse y sentir hambre de matar. Con esto el autor, pretende describir la sed de venganza por el honor mancillado de la patria por Europa.

Encontramos una enumeración en el noveno verso (Casas, palacios, campos y jardines), insertada por el autor para proporcionarle musicalidad al poema.

Por último, no debemos pasar por alto las incontables exclamaciones e interrogaciones retóricas salpicadas por todo el poema. Estos recursos proveen a la composición de una carga dramática que se vincula a la ya mencionada voz poética.

 

A partir de todos los rasgos analizados, me gustaría concluir este comentario afirmando que El canto del cosaco es un poema que recoge de forma precisa y completa los rasgos fundamentales del Romanticismo español: nacionalismo, libertad y rebeldía. Presenta muchas similitudes con otro poema de Espronceda: La canción del pirata, por ese canto a la libertad. Finalmente, en mi opinión personal, considero que trabajar este poema me ha ayudado a saber identificar de un modo más analítico las características de un movimiento literario concreto, en este caso del periodo romántico, al mismo tiempo que me ha mostrado los puntos claves que debe tener un comentario de texto. Sin duda, he aprendido mucho y aplicaré todo lo aprendido en futuros trabajos.

Comentario de texto: "Día de difuntos de 1836", de Mariano José de Larra

 


De nuevo, os traigo otro comentario de texto, esta vez del conocido artículo "Día de difuntos de 1836" de Larra, por mi alumna Marina Eiriz Zarazaga. Siempre he considerado este texto uno de los más claros ejemplos de cómo el Romanticismo negativo tuvo especial calado en España durante la década de 1830, y el análisis que a continuación veréis se presenta bastante certero. Espero sea de utilidad. 


1.      El autor de hojas cotidianas

 

     Mariano José de Larra nació en 1809 y se mató de un pistoletazo en 1837. Su niñez comienza en lengua española para pasar pronto a la francesa: emigra a Francia junto a su padre, médico al servicio del ejército de Napoleón, y allí permanece hasta la amnistía de Fernando VII en 1818, cuatro años después de la derrota napoleónica en la Guerra de la Independencia (1808-1814). Ya en España, Larra inicia sus estudios en diferentes colegios, teniendo que hacer frente a la connotación negativa de la palabra afrancesado, a la fobia tan generalizada contra todo lo gabacho (Rubio, 14). Su temprana vocación literaria se demuestra con su fundación, a los diecinueve años, del periódico El duende satírico del día (1828), donde se estrena con su artículo El café. No obstante, dicha publicación desaparece pronto por problemas de financiación y de censura. En este último aspecto Larra tendrá que ser muy cuidadoso, pues escribe en una época en que la censura absolutista, aliviada en cortos periodos liberales, actúa como un freno implacable (Rubio, 76). No se da por vencido, y después de pasar unos años traduciendo y adaptando obras teatrales francesas, entre 1832 y 1834 edita la revista El pobrecito hablador, donde nace el seudónimo de Fígaro (Rubio, 13-17).

     La actividad periodística de Larra es incesante; gracias a ella nuestro autor ha pasado a ocupar una de las más altas cimas de la literatura española. Aunque también destaca su Doncel de don Enrique el Doliente en novela histórica o su Macías en teatro, además de incursiones en poesía, Larra lleva su maestría a un género de vital importancia en la época, por su mayor accesibilidad, como es el artículo de periódico. A este respecto, Azorín se muestra muy sagaz cuando señala que, en Larra, “lo definitivo se cambia en lo efímero, y lo efímero se convierte en lo definitivo. La sensibilidad de Larra evoluciona dentro y a lo largo de esas hojas cotidianas y volanderas” (10). Dicha sensibilidad es lo que hace a Larra apartarse de los típicos cuadros de costumbres que llenaban la prensa del siglo XIX; los artículos de Fígaro, muchos de ellos también llamados de costumbres, derivan hacia una sátira política y social que nada tiene que ver con aquellas descripciones pintorescas y asépticas de los tipos españoles (Rubio, 38).

     La desesperanza ante tanta ramplonería, unido al despecho de su amada Dolores Armijo, llevan a Larra finalmente al suicidio, pero su figura será recuperada por grandes escritores como Benito Pérez Galdós, en sus Episodios Nacionales; la Generación del 98 hará suya su actitud, a su suicidio se refiere La detonación de Antonio Buero Vallejo, y con su estilo de vida creará Larra, anatomía de un dandy Francisco Umbral.

 

 

2.      El convulso Romanticismo

 

     La vida y producción escrita de Larra constituyen el paradigma del espíritu del nuevo periodo artístico del siglo XIX: una apasionada exaltación de lo natural en la que había desembocado el racionalismo dieciochesco. Así, el Romanticismo se considera reflejo de las convulsiones sufridas por una sociedad occidental que le daba la bienvenida a un nuevo estado burgués. Las antiguas certezas de un sistema estamental se derrumban; bajo el nuevo “cielo sin dioses” se desarrollará la libertad limitada de un individuo que defiende su creación artística y que es responsable de su libertad, pero que cae en la frustración al percibir la alienación de la realidad. Esto conduce a un existencialismo angustiado, que será clave en Larra, así como a la máxima importancia de los sentidos y de la irracionalidad ante una sociedad demente de racionalismo, o al apego a la naturaleza primitiva frente a las convenciones, aspecto anticipado ya por Rousseau (Pedraza y Rodríguez, 194-197)

     En definitiva, el autor romántico que bien encarna Larra, “parece enajenado, volcado en el discurso y dominado por él”, mientras que “el arte dieciochesco, en cambio, pretendía estar por encima del discurso, reglándolo y acomodándolo a unos fines previos” (Pedraza y Rodríguez, 196): en el Romanticismo, el caos impregna tanto el fondo como la forma de las composiciones artísticas.

 

 

3.      Fígaro en el cementerio

 

     El día de Difuntos de 1836 apareció por primera vez el día 2 de noviembre del año que señala su título, entre las páginas del periódico El Español, calificado por el propio Larra como el mejor de su género en Europa (Rubio, 52). Resulta curioso señalar que El Español comenzó a publicarse el 1 de noviembre de 1835: justamente el día de Difuntos del año anterior al plasmado por Fígaro en su escrito de 1836.

 

3.1. Amargo 1836

 

     Conviene realizar previamente varias aclaraciones históricas, pues 1836 es un año clave en la vida de Larra y del resto de España.

     Nos encontramos en plena guerra carlista, cuya mecha prendió en 1833: la crisis sucesoria por la muerte de Fernando VII desembocó en el enfrentamiento de los absolutistas partidarios de su hermano Carlos -a quienes Larra no pierde la ocasión de atacar en su artículo- y los liberales que apoyaban a su hija Isabel -estos últimos divididos internamente en moderados y progresistas- (Pedraza y Rodríguez, 200-201).

     En cuanto a la política, en 1835 el progresista Mendizábal había subido al poder. Larra, una vez desengañado ante la prometida desamortización que acaba siendo en beneficio de las clases más enriquecidas, y ante la incapacidad del gobierno por resolver la guerra civil, se inclina por el partido moderado de Istúriz, siendo incluso elegido diputado en las elecciones de agosto de 1836. Por desgracia para Larra, el Motín de La Granja dejó sin efecto dichas elecciones (Rubio, 20).

     Por tanto, el año 1836 marca un hondo proceso de desaliento e insatisfacción en la vida de Larra, que cae en una definitiva melancolía existencial, pero desde este hondo pozo logrará hacer salir a la superficie uno de sus artículos más extraordinarios.

 

3.2. El cementerio-Madrid. Análisis estructural, temático y estilístico

 

     Siguiendo la inevitable intertextualidad de todo escrito, El día de Difuntos de 1836 parece estar influido por el artículo Les Sépultures del costumbrista francés Étienne de Jouy, donde igualmente se reflexiona sobre la muerte mientras se leen los epitafios de un cementerio. Sin embargo, Larra plasma su singular visión al mostrar un dolor y una amargura que se aparta de toda simple descripción (Rubio, 87). Y es que en este día de Difuntos, Larra expresa su melancolía existencial y desesperanza ante el inmenso cementerio en el que se ha convertido una sociedad de muertos en vida; cementerio donde, finalmente, descubre que también yace su propio corazón.

 

     Antecediendo al cuerpo del artículo, Larra coloca un versículo del Apocalipsis: “Beati qui moriuntur in domino” (14:13), con el que se nos anuncia ya el tono desengañado con la realidad que se va a intensificar a lo largo de la narración.

     Los primeros párrafos del artículo constituyen la introducción en la que Fígaro[1] comenta sus reflexiones previas al paseo por el “gran osario” que es Madrid. En primer lugar, entre algunas breves digresiones que critican la falta de memoria de su época o, indirectamente, una obra teatral (El Califa), Fígaro se retracta de su asombro e ilusión de tiempos pasados para transmitirnos con ironía su incomprensión de que, en un día de Difuntos, haya tanta gente viva. De inmediato cae en una melancolía abrumadora. Para hacernos idea de ella, recurre a un amplio periodo sintáctico formado por una enumeración yuxtapuesta de oraciones mediante el recurso estilístico del isocolon. En dichas oraciones también se aprecia la técnica de la quiebra del sintagma, tan característica de Larra, imponiendo un irónico carácter restrictivo al primer término (por ejemplo, este es el caso de “un militar que ha perdido una pierna por el Estatuto, y se ha quedado sin pierna y sin Estatuto”). En cuanto al contenido, toca temas contemporáneos de gran importancia, como en la referencia sarcástica al conflicto carlista: un tal Gómez mencionado fue el protagonista de la llamada Expedición Gómez, en la que emprendió un sorprendente recorrido por gran parte de España mientras era sometido a una permanente pero infructuosa persecución por las tropas isabelinas (Rubio, 393, n. 423). De este vergonzoso episodio hace burla Fígaro en varias ocasiones, destacando la parsimonia de dicha persecución (“… con la misma calma y despacio como si tratase de cortar la retirada a Gómez”, dirá más adelante). También, con “un redactor del Mundo en la cárcel en virtud de la libertad de imprenta” se está aludiendo, sin dejar el sarcasmo, a ese derecho tan maltratado por la férrea censura.

     En definitiva, se enuncian en este gran periodo sintáctico motivos que después aparecerán bajo las lápidas del cementerio. La tensión entre las oraciones mantiene al lector en vilo hasta la distensión final, donde se concluye que la melancolía del autor es mucho más angustiosa que aquellas que se han nombrado; la suya es una melancolía existencial, que se eleva por encima de las situaciones concretas porque atrapa por completo al ser, asfixiándolo y dejándolo sin escapatoria posible. Esta angustia existencial ha enunciado un sentimiento capital en el artículo.

 

     Entonces, después de una nueva digresión que critica la corrupción del gobierno, empiezan a sonar las campanas. El toque de difuntos es descrito, en una bella expresión, como “el bronce herido que anunciaba con lamentable clamor la ausencia eterna de los que han sido”. Para Fígaro, las campanadas son el “estertor de moribundo”; quizás se le antojen más lúgubres que ningún año porque también están anunciando el final de su propia existencia, como después veremos.

     De repente, en medio del clamor de las campanas, nuestro autor parece salir de su retraimiento y se lanza a la calle, a decirles unas cuantas verdades incómodas a “los que creen vivir”. Aquí comienza la parte capital del artículo, por lo que podría decirse que el toque de difuntos de las campanas actúa como enlace entre la melancolía solitaria inicial y el paso a la acción; entre la reflexión interna y la actuación externa. Los pensamientos desordenados se transforman ahora en un discurso tejido en torno a la alegoría clave del cementerio-Madrid (el simbolismo es clave en el movimiento romántico) donde el cementerio no está fuera sino dentro de la propia ciudad; es la ciudad misma, son sus habitantes, porque cada institución social es un sepulcro y cada calle concurrida, un osario. Con esta serie de metáforas encadenadas, Fígaro realiza una crítica feroz a una sociedad degenerada que cree que vive cuando en realidad está más muerta que los propios muertos: como señala en su grito de alarma a los paseantes que tan tranquilamente salen para ir al cementerio, paradójicamente los muertos son los que “viven, porque ellos tienen paz; ellos tienen libertad, la única posible sobre la tierra, la que da la muerte […]; ellos no son presos ni denunciados; ellos son los únicos que gozan de la libertad de imprenta, porque ellos hablan al mundo.” Además de volver a tocar el tema de la libertad de imprenta, revelando con amarga ironía que esta solo existe en la muerte, en este fragmento se aprecia con claridad por qué Larra escogió aquella frase del Apocalipsis: se concibe la muerte como liberación de las convenciones sociales a las que se ha sometido la vida. Este es un tópico muy acorde con el espíritu del Romanticismo, igual que la reivindicación de la naturaleza frente al artificio de la sociedad, con la que termina su brillante intervención: “[los muertos], en fin, no reconocen más que una ley, la imperiosa ley de la Naturaleza que allí les puso, y esa la obedecen”. Es el conflicto eterno planteado ya desde los antiguos griegos[2], entre leyes naturales y leyes creadas por la civilización.

     Fígaro prosigue con su grito de alarma que, desagraciadamente, no será escuchado por ninguno de aquellos sonámbulos. Ahora deja de dirigirse a los individuos para encararse con las instituciones: el Palacio, los Ministerios, la Bolsa, la Cárcel, la Imprenta Nacional, los Estamentos de Próceres y Procuradores… todos aquellos pilares de la sociedad duermen eternamente en sus sepulcros. En este aspecto, Fígaro se sitúa plenamente contrario a la vertiente conservadora o positiva del Romanticismo, al denunciar el absurdo de los ideales de los que aquella hacía depender el sentido de la civilización: tanto los ideales como el sentido han muerto. Este planteamiento de Fígaro podría ser incluso revolucionario en el momento en el que niega el mundo metafísico al que parecen haberse elevado las grandes instituciones sociales: el protagonista se burla de todas esas instituciones que tanto se empeñan en parecer inmutables, invencibles y eternas, cuando están igualmente sometidas al tiempo y a la historia; esto nos lo demuestra arrancándolas de entre las nubes del idealismo para meterlas, de lleno, en la realidad material de una tumba, con la verdad desnuda de sus epitafios a la vista y juicio de los paseantes; por desgracia, parece ser que el único viandante capaz de leer los epitafios es Fígaro.

     Dichos epitafios hacen referencia al contexto histórico de la época. Entre los más relevantes está el de los Ministerios: “Aquí yace media España; murió de la otra media”, que en la época aludía a la guerra civil carlista; o el epitafio del Estamento de Próceres (situado en el convento de Doña María de Aragón), que hace una referencia la trienio liberal: “aquí yacen los tres años” (1820-1823), periodo en el que se restableció la Constitución de Cádiz, ese “cuerpo de santo” que finalmente acabó aplastado por los Cien Mil Hijos de San Luis (Pedraza y Rodríguez, 200). También, en su visita crítica al cementerio-ciudad de Madrid, Fígaro contempla la tumba de la Inquisición, que murió de vieja (1478-1834) junto a la cárcel donde reposa la libertad del pensamiento: de nuevo una denuncia a la aplastante censura. Tras el pareado con el que completa el epitafio (“aquí el pensamiento reposa / en su vida hizo otra cosa”), Fígaro sale a los osarios de las calles hasta llegar a la Puerta del Sol: “esta no es sepulcro sino de mentiras”.

     Haremos una pausa en esta plaza para comentar que su aparición en la prensa costumbrista era constante: el movimiento literario del costumbrismo había alcanzado su máximo esplendor en el Romanticismo, y uno de sus observatorios preferidos para contemplar los diversos personajes-tipo españoles, con los que se afirmaba la identidad nacional, era precisamente la Puerta del Sol[3] (Rubio, 129, n. 13). Pero Larra conoce las mentiras de este patriotismo complaciente y superficial, en cuyo fondo se resguarda una indolencia antipatriótica; él, a quien todos corrían a colgarle el marbete de afrancesado, sabe que el verdadero patriota no es el que acepta lo español meramente por el hecho de serlo, sino el que sigue la verdad hasta el final y descubre que la sociedad, “lejos de redimirse […] se hunde irremisiblemente” (Rubio, 75).

     Fígaro acaba su paseo por el gran cementerio refiriéndose, indirecta y no casualmente, a ese acontecimiento que tanto lo marcó: el Motín de La Granja de 1836, que lleva a la tumba al Estatuto Real de 1834, y con él, a la división bicameral en Próceres y Procuradores. En el epitafio de esta última cámara es donde se dice, recurriendo a otro pareado octosílabo, “aquí yace el Estatuto / vivió y murió en un minuto”: apenas dos años.

 

     Tras este último sepulcro, Fígaro se detiene y contempla con amargura el cementerio-Madrid en su conjunto. En esta última parte del artículo se nos recrea a la perfección la estética del terror típicamente romántica: como en un lúgubre cuadro, asistimos al frío anochecer en el cementerio entre los aullidos de los perros que presagian esa muerte próxima que ya se huele. Todos los sepulcros en los que Fígaro se ha detenido se convierten en una ancha tumba sobre la que desciende una inmensa lápida. Fígaro, entonces, escupe con desaliento palabras vacías que ya no significan nada: libertad, constitución, opinión nacional… abstracciones que tienen su epitafio de la vergüenza y la discordia en el cementerio. “Todas estas palabras parecían repetirme a un tiempo los últimos ecos del clamor general de las campanas del día de Difuntos”.

     Este último comentario es clave, pues se nos dice que el paseo de Fígaro por el cementerio ha sido una ensoñación: todo ha ocurrido mientras las campanas daban el toque de Difuntos, que para Fígaro son los grandes ideales e instituciones de España; estos, mientras iban pasando por su cabeza, iban transformándose en la sagaz alegoría que se nos ha mostrado. Por tanto, las campanas no solo sirven de nexo entre las reflexiones iniciales y la ensoñación alegórica del cementerio-Madrid, sino que también son las que dan paso ahora a la terrible conclusión: se confirma que su toque es más lúgubre que ningún año, porque está augurando la muerte del propio Fígaro. Este desea “salir violentamente del horrible cementerio” que lo oprime como miembro de la sociedad, y para ello, su única escapatoria es refugiarse en sí mismo, en su corazón. Desagraciadamente, al igual que se dijo al comienzo del artículo -que por tanto presenta una estructura circular-, Fígaro ya no se asombra de la vida; una nube sombría ha oscurecido sus antiguas ilusiones y deseos. No hay refugio, ni siquiera en la propia persona. El malestar social penetra como un gusano en el corazón del individuo, convirtiéndolo en otro sepulcro; quizás, en el más terrible de todos, porque en él se ha perdido finalmente lo único que Pandora logró retener en su caja: la esperanza.

 

3.3. Conclusión. El mártir del Romanticismo.

 

     “Larra se mató porque no pudo encontrar la España que buscaba, y cuando hubo perdido toda esperanza de encontrarla”, dijo Antonio Machado (cit. por Escobar). En pleno ambiente simbolista del Romanticismo, Larra se convierte en símbolo del mártir de la sociedad. Inmediatas necrologías contribuyen a su canonización como héroe romántico por antonomasia; y es que, situado entre la rebeldía y la melancolía, Larra había entrado en el callejón sin salida de la desesperanza: “la autocrítica satírica, que pone de manifiesto los vicios más profundos de su propia clase, pero que no puede ofrecer salida alguna, se vuelve desesperación”, como ya señaló Georg Lukács (cit. por Escobar).

     El día de Difuntos de 1836 refleja el ánimo amargo de Larra a tres meses de su suicidio. Es el relato de quien, en su sincero patriotismo, sufre hasta morir por los males de España: por sus corruptelas y abusos, sus palabras vanas y apariencias hipócritas, su ignorancia y ramplonería. Siempre siguiendo sus principios liberales, Larra hace suya la definición de Spinoza del alma como la suma de todas nuestras percepciones, para presentarnos, a través de su pseudónimo Fígaro, una crítica profunda del alma de la sociedad española como resultado de su observación de la realidad. Este último acto empírico es clave en el Romanticismo, pero con Larra se distancia de la descripción aséptica de sus compañeros costumbristas; a partir de la observación de las costumbres, la historia y la política, Larra se eleva hasta palpar el fondo más putrefacto de lo que a simple vista parece ser una inocente tradición, atacándolo con todos los sarcasmos, amargas ironías y juegos de palabras necesarios para burlar la censura del momento. Y es que “hablamos, al mentar a Larra, de sensibilidad, y eso es, en efecto, Larra entero: una sensibilidad agudizada, exaltada” (Azorín, 10). Además, su prosa es “limpia, clara, sin rezumos pedantescos” (12). Desde el primer momento se aprecia que sus escritos no son el resultado de frías y distantes meditaciones, pues en Larra “estamos en contacto con la sensación misma” (Azorín, 12). El tono patético-declamatorio de su escritura es una constante llamada a la libertad y un reto para el lector que pretenda encasillar rígidamente su estilo, que en su desbordamiento de expresión incluye recursos paremiológicos[4], pareados, digresiones, símbolos románticos, descripciones sarcásticas, diálogos combinados con reflexiones profundas que se transforman en las más brillantes alegorías… y todo ello puede ocurrir, como en este día de los Difuntos, mientras repiquetean las campanas.

 

 

 

Bibliografía citada

 

Azorín [José Martínez Ruiz], editor. “Comento a Larra”. Artículos de costumbres, Mariano José de Larra, Colección Austral, Espasa-Calpe S.A., Madrid, 1980, pp. 9-13.

 

Escobar, José. Larra: esperanza y melancolía, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, 2003, http://www.cervantesvirtual.com/bib/bib_autor/larra/autor.shtml.

 

Pedraza Jiménez, Felipe B. y Milagros Rodríguez Cáceres. “El Romanticismo”. Las épocas de la literatura española, Ariel, Planeta S.A., Barcelona, 2012, pp. 193-219.

 

Rubio, Enrique, editor. Introducción y notas en Artículos, Mariano José de Larra, Cátedra Letras Hispánicas S.A., Madrid, 1988.



[1] Llamaremos al narrador homodiegético interno Fígaro por creer sus pensamientos plenamente identificados con el pseudónimo que habla por nuestro autor en la mayoría de sus artículos (y que en este se manifiesta ya con el subtítulo de “Fígaro en el cementerio”).

[2] Antígona de Sófocles ya plantea la lucha entre leyes divinas (naturales) y leyes humanas (artificiales).

[3] Tal y como se refleja en el artículo del costumbrista Mesonero Romanos, cuyo título incluye el nombre de dicha plaza: Observatorio de la Puerta del Sol.

[4] Por ejemplo, en El día de Difuntos de 1836, “el sabio en su retiro y villano en su rincón”.

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